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Archive for 17 marzo 2012

La Crisis como Crisis de Valores: ¿Enfermedad o Proceso de Curación?

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Mucho se habla de la Crisis como Crisis de Valores. ¿Pero qué valores? ¿Y qué tipo de crisis de valores? ¿Se trata de falta de valores? ¿De necesidad de recuperar valores “perdidos”?

Sobre las “Crisis” en general, personalmente creo que tenemos una visión poco  funcional, reducida y que nos ayuda poco para hacerle frente. Pasa algo parecido con  enfermedades como el Cáncer: las entendemos como enfermedades y por tanto  como algo negativo.

¿Y si fuese lo contrario?

¿Y si la crisis, así como el cáncer, fuesen procesos de curación antes que enfermedades? Es decir procesos mediante los cuales un sistema (económico como  en nuestra sociedad o el cuerpo humano mismo en el caso del cáncer) se está defendiendo de algo  que le está haciendo daño: puede ser una pauta de comportamiento, una creencia, o los resultados malignos de esas pautas de comportamiento.

¿Qué ocurriría si este sistema para defenderse se opusiera tanto a la entidad que está actuando en él como para producir un “crisis” con la que enviarle el mensaje y hacerle entender que si sigue así se hará mucho daño a sí mismo.

Cuando las crisis son “crisis de valores” se suelen tener ideas muy variadas sobre que es lo que representan dichas crisis, sobre todo dependiendo del punto de vista de los valores que se quieren apoyar.

Las crisis de valores son muy complicadas porque como dice la misma palabra, el hecho de que haya crisis significa que existe algún tipo de contradicción o de oposición entre al menos dos o más partes.  Por tanto hay intereses según la parte en la que se está o que se quiere defender. Lo cual complica mucho la asunción de un punto de vista desinteresado “super partes” y constructivo.

Me limitaré a detallar las 3 formas más comunes de entender las crisis de valores:

  • Crisis de valores en el sentido de “falta de valores”.  Esto es difícil de entender puesto que el mero hecho que actuemos de una manera antes que de otra, o que directamente no hagamos nada indica que estamos persiguiendo un valor: quizás no el mismo valor de quien diga que existe una “falta de valores”, pero en fin de cuentas un valor. Lo cual me hace descartar que sea apropiado hablar de crisis como “falta de valores”.
  • Crisis de valores en el sentido de “tener que recuperar unos valores que antes teníamos y que hemos perdido por el camino”.  Como si se tratara de monedas pequeñas en unos bolsillos rotos que nos andan cayendo mientras caminamos sin que nos demos cuenta.  Quizás sea así, pero nunca he conocido monedas muy pequeñas de mucho valor: si algún poder posee  un Valor es el hecho de tener un tamaño tan grande como para ser visible y no olvidarse de ello. Quizás nunca hayamos dispuesto realmente de ese valor o si lo hubiésemos tenido, quizás le hubiésemos dado una importancia tan pequeña como para acabar por olvidarnos de ello como pasa con las monedas de poco valor en el fondo de un bolsillo roto de un pantalón.
  • Crisis de valores en el sentido de “existencia de unos valores no adecuados para afrontar la situación actual”, o lo que viene a decir lo mismo “existencia de unos valores que nos han llevado a comportamientos que han producido los problemas que ahora tenemos que resolver y que solo podemos resolver si cambiamos de valores”.

Esta tercera es la definición que más me conforta y es la perfecta síntesis entre los pensamientos dos personajes cuanto menos singulares: viee a ser algo como ¿Qué une Steve Jobs y Groucho Marx?

Steve Jobs en uno de sus últimos discursos en la Universidad de Stanford afirmó que “la muerte es la mayor invención tecnológica que la naturaleza haya podido jamás inventar porque acaba con lo viejo y obsoleto para dejar espacio a lo nuevo“.

Si esto lo aplicamos a esta tercera definición de valores podemos entender la necesidad de abandonar ciertos valores a favor de nuevos valores.

Aquí es cuando entra Groucho Marx con su famosa frase: “Señores estos son mis valores, pero si no les gustan tengo otros”. Esta frase viene a reflejar la importancia de ser flexible ante una crisis de valores y saber cuando es necesario abandonar una pauta poco funcional por otra.

Por estas razones me asusta bastante la falacia de la segunda definición de crisis de valores que pretende “volver a ciertos valores” que consideramos que “se perdieron”.

Si algo nos dice esta crisis es que nos estamos resistiendo en abandonar valores obsoletos para adquirir nuevos valores que en algún caso ni siquiera estamos todavía preparados para ver,  entender, y por supuesto aceptar.

Pero la realidad está ahí que nos dice que lo que andábamos haciendo (o como lo andábamos haciendo) ya no valen: ya no producen resultados útiles o por lo menos satisfactorios, o lo que es peor, insatisfactorio.

Y esta realidad es como un muro con el acabamos chocando todos los días que nos levantamos para hacer, pensar y creer lo mismo que hacíamos, pensábamos y creíamos ayer.

Y chocamos y seguimos chocando dando cabezazos contra ese muro.

Y claro, más chocamos, más crisis.

De todo este proceso de cambio y renovación solo percibimos el dolor de estos cabezazos contra el muro.

Solo percibimos el dolor y no somos capaces de ver o entender nada más.

Y encima tenemos la poca consideración de culpar al muro que está ahí…que se ha interpuesto en nuestro camino…Vaya!

¿Como vamos a ser nosotros los que se equivocan?

Esto me recuerda al monolito que aparece en el primer capítulo de 2001 Odisea en el Espacio de Stanley Kubrik (El Amanecer del Hombre): claramente nosotros somos los monos…

La Reforma Laboral No Facilita una Dirección por Objetivos Responsable

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En una sesión de seguimiento con un profesional que trabaja para una importante empresa del sector del turismo y que el año pasado realizó un proceso de coaching conmigo, surgió un tema sobre el que vengo reflexionando desde hace tiempo sobre dirección por objetivos, delega, responsabilidad y la actual reforma laboral.

Parece ser que la reforma laboral actual no facilita el cambio cultural del mercado español necesario para que se trabaje por objetivos de manera responsable. Con “trabaja por objetivos de manera responsable” me refiero a que el cumplimiento de un objetivo vaya más allá de la “obra o servicio” y  tenga en cuenta tanto los ámbitos de responsabilidad, como la calidad de los resultados obtenidos como pruebas para dar lugar a la continuidad o recisión contractual por “justa causa”.

Lo explicaré con dos casos reales.

Resulta que mi cliente, responsable ante su empresa de los resultados que cosecha su línea de negocio y el mercado al que se dirige, recibió de su jefe el cometido de atender a un promotor nacional que representaba los propietarios de una multinacional con intereses para realizar un gran negocio en las inmediaciones de sus instalaciones que hubiera contribuido a incrementar considerablemente el número de clientes de su empresa. El motivo de la visita era conocer las instalaciones de la firma para establecer un suculento acuerdo de colaboración a largo plazo.

Mi cliente, experto en su parcela de trabajo, con más de 10 años de experiencia en el oficio, se dio cuenta de la falacia de esa visita y del paripé que organizado dicho promotor: el acuerdo, según mi cliente, ya estaba apalabrado con otra empresa, y la necesidad de la visita consistía en disponer de un segundo o tercer presupuesto comparativo para “rellenar” y completar la oferta presupuestaria. Mi cliente llegó a esta conclusión con carácter previo a la visita, ya que su experiencia y el know how que le proporcionan los años de negociación con clientes, le hicieron ver pequeños indicios, no tanto por el tipo de preguntas que le hacía ese promotor, sino por aquellas preguntas que no le hizo, preguntas que habitualmente demuestran un real interés en establecer acuerdo comercial de esa envergadura.

Todo ello no quitó la necesidad de atender durante 2 días a ese promotor, dedicando un tiempo importante de su actividad que obviamente restó a otras operaciones según él más interesantes para la empresa.

Desde luego, no se firmó acuerdo alguno con ese promotor y la operación no supuso beneficio alguno para la empresa.

Mi cliente pero, pese a ser un buen comercial y cumplir con los objetivos, posiblemente el mejor en su empresa, recibió claras instrucciones de atender a ese promotor, y posiblemente su jefe encomendó a él la operación sabiendo de su gran potencial para llegar a acuerdos.

Pero mi cliente no tuvo opción de decir que no. Su argumentación no pudo contra el poder de la línea jerárquica Jefe-Empleado: así que no tuvo más remedio que atender a ese promotor el día y la hora que éste pidió, debido a que su jefe le instó a hacer todo lo posible y dar todas las facilidades para que éste visitase las instalaciones.

He aquí la reflexión: ¿Se puede considerar eso delegar por parte de un jefe a un empleado? ¿Hasta qué punto está un jefe en derecho de entrar en la parcela de trabajo de un empleado (por cierto muy experto y con resultados que demuestran sus valía), y condicionar su autonomía a la hora de decidir qué conviene y qué no?  ¿Quién es dueño de la agenda y del decidir cómo y qué facilidades dar a un potencial cliente en un modelo de trabajo en el que los objetivos individuales marcan el ámbito de responsabilidad individual?

Por el contrario, se me presenta en mente el recuerdo de una responsable de producto de una emisora televisiva americana que, nada más ser contratada, decidió despedir a la estrella del programa asumiendo la responsabilidad de cómo respondiese la audiencia: el objetivo por el que fue contratada por la productora era incrementar el volumen de audiencia. Dentro de este objetivo entraba el ámbito de competencia de tomar todas las decisiones necesarias para conseguirlo: incluso el de despedir a la estrella del programa si lo considerase oportuno, contra toda voluntad e interés de los jefes, superiores y productores.

Quizás pueda resultar extraño a entenderse en nuestra concepción de empresa, pero muy legítimo, ya que el objetivo era incrementar la audiencia, y la estrategia para hacerlo la tenía que definir ella misma.

La responsable de producto en cuestión consiguió incrementar la audiencia, no sin esfuerzo, sobretodo porque al marcharse la estrella del programa, se generó un efecto confianza y compromiso entre todo el equipo de producción que vio como se hacía justicia de una vez echando a la persona más antipática y tóxica de plató hacia adentro (la única razón por la que se mantenía su contrato era que recibía gran respaldo por las encuestas hechas al público). Por cierto, a partir de su salida empezaron  a fluir ideas nuevas que permitieron emitir en pantalla nuevos servicios y recursos que incrementaron la audiencia.

Pero volvamos a mi cliente: también él fue contratado para incrementar las ventas. También va ser valorado en su empresa en función de los resultados que consiga. ¿Pero entonces por qué no disponer de la autonomía suficiente como para decretar como hacer mejor inversión de su tiempo y a qué clientes atender?

La cuestión está en que si queremos trabajar por objetivos, tendremos que permitir a las personas que tomen las decisiones que consideren mejores para cumplir con ese objetivo, sobre todo cuando no disponemos del suficiente conocimiento y experiencia para abarcar todas las áreas de la empresa (o de nuestro departamento), y para ello decidimos contratar a personas expertas.

Tendremos que admitir que esas personas si son más expertas que nosotros, puedan tomar decisiones distintas de las que a nosotros nos gustaría; y que el criterio para valorar esas decisiones ya tendrá que ser “a posteriori”, en función de los resultados que aporte, según un objetivo pre-fijado.

Es aquí donde surge el “Miedo a la Delega” del empresario-padre-patrón-fundador, y propietario de la empresa. Ese miedo no tiene solamente esa componente psicológica de “no querer soltar prenda” y preferir imponer lo que uno quiere, y lo que a uno le guste.

Existe también una componente estructural que contribuye a que ese miedo se mantenga. Esa componente consiste en una característica de rigidez de nuestro mercado laboral que impide o dificulta que un empresario deposite la suficiente confianza y autonomía en un empleado, y que marca la diferencia entre el caso de mi cliente y el caso de la jefa de producto de la cadena de televisión americana: parece que en Estados Unidos, una empresa puede despedir por justa causa a una persona que no cubra los objetivos que se pactaron en contrato y que marcaron el motivo principal subyacente para el mantenimiento de la relación laboral.

En nuestro mercado laboral esto pese a la reforma laboral no es viable. Parece que todo ello pone en la mesa las suficientes argumentaciones como para que un propietario de una empresa quiera intervenir en todas las decisiones que se tomen en ella.

Todo ello nos lleva a una pregunta y a un gran rompecabezas ¿Cómo adaptar el modelo americano de trabajo por objetivos a esa rigidez contractual que persiste nuestro mercado laboral español, pese a la reforma laboral?

¿Te Preocupas o Te Ocupas?

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Según lo escrito por Robin Sharma, una persona suele tener alrededor de 60000 pensamientos diarios.

Lo increíble es que el 90% de ellos de promedio suele ser igual que  los del día anterior.

Lo cual sorprende por la poca capacidad del ser humano de innovar y la gran facilidad con la que se ancla al pasado.

En todo caso es comprensible ya que al día de hoy somos principalmente el fruto de nuestro pasado más que la antesala de nuestro futuro.

Lo que sí me llama la atención es que la gran mayoría de esos pensamientos que se repiten suelen tener una configuración muy similar: se trata de fantasías, especulaciones y recuerdos sobre hechos ocurridos o susceptibles de ocurrir.

En todo caso se trata de fantasías ya que está comprobado científicamente que tanto cuando recordamos, como cuando imaginamos, utilizamos la misma área del cerebro: la parte frontal.

Esto nos dice que tanto las expectativas y preocupaciones sobre el futuro como los recuerdos del pasado son en fin de cuentas fantasías por no estar (ninguno de ellos) ubicados en la inmediatez del aquí y ahora.

Las expectativas y preocupaciones son fantasías por ser simplemente algo que no necesariamente ocurrirá.

Los recuerdos son fantasías por ser algo que ya no está aquí y no puede ser reproducido de la misma manera ni en el presente ni en el futuro.

Un dicho chino cuenta que no podemos bañarnos en el mismo río dos veces, porque ni nosotros seremos los mismos, ni por el río correrá la misma agua.

Lo cual hace que me pregunte ¿Está bien aprovechado nuestro potencial mental si el 90% de nuestros pensamientos son iguales a los del día anterior?

Los días cambian: cada día puede representar una  nueva oportunidad para nosotros de cambiar nuestras vidas, y simplemente lo dedicamos a hacer y pensar lo mismo que el día anterior.

¿Está bien aprovechado nuestro potencial mental si los pensamientos que repetimos día tras días tienen que ver con asuntos que ya ocurrieron o que podrían ocurrir y que en todo caso no están aquí?

¿Está bien aprovechado nuestro potencial mental si el 90% de nuestros pensamientos tratan de asuntos que no podemos controlar porque ya no están aquí o porque no necesariamente lo estarán en un futuro?

¿Es positivo y útil pre-ocuparse?

Sí, porque preocuparse es una palabra formada por dos palabras: “pre” y “ocuparse”.

Pre-ocuparse viene a decir hacer esa cosa indefinida que está antes de ocuparse: lo cual no es ocuparse de algo sino hacer otra cosa, llamémosla “X”.

Cuando nos preocupamos nuestra atención no está en la ocupación del presente, sino en un limbo indefinido que no se sabe lo que es.

Puede que cuando nos preocupemos nuestra atención esté en lo que deseemos o en lo que queramos evitar, pero no en lo que precisamos hacer para ello.

Otro dicho chino cuenta que si tenemos nuestros ojos fijados en el destino que queremos alcanzar, no nos quedarán ojos para el camino que tenemos que recorrer.

Todo ello puede llevar a la conclusión de que quizás ocuparse sea más productivo de pre-ocuparse.

Decía John Lennon: “La vida es lo que pasa mientras tú estás haciendo otros planes”.

¿Dónde quieres estar? ¿En la vida o en esos planes?

La mejor manera de vencer las preocupaciones sobre futuro, los pesares, la melancolía, o los rencores del pasado es quizás volvernos a centrar en el aquí y ahora.

Esto no tiene nada que ver con no querer mirar a los problemas o no afrontarlos: todo lo contrario.

Estar en el presente trata precisamente de no caer en el error de la “huida hacia delante” para no ver el presente como en impedir la parálisis por el miedo en un futuro incierto.

Estar en el presente permite no “refugiarse en un pasado supuestamente mejor”,  así como tampoco dejarse intoxicar por en los pesares, las culpas, y los rencores que éste pueda traer.

Centrarnos en el presente, prestarle toda atención y ser conscientes  de lo que estamos viviendo nos ayuda por un lado a vivir más intensamente y, por otro a evitar mal gastar nuestro tiempo mental en pensamientos que solo nos traen mal sabor, ansiedad o inquietudes sobre hechos no consumidos, probables pero no seguros, posibles, eventuales o incluso que ya pasaron.

La atención consciente se basa en dedicar el tiempo a la tarea actual e inmediata: esto nos hace más productivos, innovadores y felices.

Estar en el presente no prescinde de tener metas o aprovechar la experiencia. Estar en el presente no quita el mirar de vez en cuando hacia el futuro para establecer objetivos y el buscar en el pasado recursos útiles para afrontar mejor los retos.

El problema surge cuando nos dejamos llevar por esas visiones hacia adelante o esas pesquisas en el pasado hasta perder de vista la inmediatez de la tarea.

Y en ese dejarnos llevar acabamos como un barco sin timón, ni capitán, ni rumbo: no hay puertos que esperan a barcos  que no saben a dónde se dirigen.

¿Cómo podemos conseguir eliminar nuestras preocupaciones?

Una técnica muy simple es la visualización: una vez oí la frase “Tengo preocupaciones como granos en la cara”.

Siguiendo esa similitud muy kinestésica es posible representar a las       preocupaciones como granos en la cara y atribuir a cada preocupación un grano.

¿Te gusta tu cara con tantos granos? Pues así está tu alma cuando la cargas de preocupaciones.

¿Qué harías si tuvieras tantos granos en la cara? Pues hazlo con tu alma.

¿Emprenderías una lucha contra los granos comprando pastosas cremas  y lavándote con olorosos jabones especiales? ¿Dedicarías gran parte de tu tiempo mirándote al espejo para ver si se pasan los granos con esas cremas? ¿Evitarías salir para que te vieran ciertas personas en ciertos lugares? ¿Evitarías conversar cara a cara con aquella persona que te gusta y a la que quieres gustarle?

¿O simplemente los dejarías pasar para que se fuesen tal y como vinieron?

Lo mismo puedes hacer con las preocupaciones: decidir si dedicarles tiempo, o dejar que sea el mismo tiempo que haga su curso con ellas mientras tú te ocupas de otras cosas.

¿Y ahora qué?

¿Cuántos granos tienes en la cara de tu alma?