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Archive for 29 septiembre 2014

La Sufrología Del Éxito Y Sus Mentiras

Todos, cuando perseguimos un objetivo, independientemente del objetivo, también huimos de algo.

Incluso el león, cuando persigue a la zebra, también huye en cierta manera: llámese hambre, llámese miedo al hambre, miedo a no tener la fuerza para ganar una batalla para conseguir aparearse, miedo a enfermedades por no comer, o miedo a acabar siendo presa de otros predadores en caso de debilitarse.

Todos los que persiguen un objetivo, independientemente de lo que huyen, generalmente lo hacen por diversión y placer o por necesidad. Y en este post hablaremos de los casos de personas que lo hacen por placer y diversión, aunque en ocasiones lo convierten en necesidad.

Cuando esto ocurre, ese camino de diversión y placer se terigversa, se tuerce y, sin prácticamente darnos cuenta, convertimos una actividad aparentemente placentera y relajante, en un motivo de superación personal obligada, tensión, frustración, estrés, malestar, y “sacrificio”.

Sacrificio

En ese punto es cuando opera, más poderosamente que nunca, la falaz y engañosa creencia de que para llegar al éxito hay que sufrir. Lo cual lleva necesaria, consciente y/ o subconscientemente a convertir la actividad en un calvario de sufrimiento, porque, si al éxito solo se llega a base de “sacrificios” (otra idea comúnmente aceptada), no habrá éxito sin sacrificios, o vale lo mismo, debe de haber sacrificios para que haya éxito.

Sin embargo la gran mayoría de las veces el éxito no sucede necesariamente al sacrificio, pero el sacrificio sí estará. No hay relación directa causa-efecto. Por tanto hablar o pensar en términos de sacrificio convierte al auto-dialogo de la persona en una poderosa arma de negatividad, victimismo y desaliento, mientras no obtiene lo que persigue. E irremediablemente, se hace más patente que nunca el elemento de lo que huimos: es como si tratando de huir de algo, persiguiendo un objetivo, ese algo irremediablemente lo acabamos por atraer hacia nosotros.

Esto no significa que no haya que trabajar con determinación, y constancia para conseguir un objetivo, pero poner la atención en la parte negativa del trabajo, desde luego disuade y distrae de la parte positiva que es el gozo y la diversión del momento que se vive o la oportunidad poder ejercer uno su propia voluntad para acercarse o alcanzar algo deseado.

Cuando la diversión inicial se convierte en “sacrificio”, será porque habremos confundido medios con fines, y la voluntad de realizar una actividad habrá sido sustituida por la auto-imposición de tener que cumplir con un criterio, objetivo o meta determinada. Y lo que tendremos que sacrificar para conseguir esa meta habrá sustituido en nuestras mentes a lo que nos mueve a disfrutar con ella.

De hecho, ninguna meta merece o conlleva sufrimiento si somos conscientes de estar ejerciendo nuestra auto-determinación y jugando nuestras oportunidades para lograrla: independientemente del resultado final.

Y ningún “sacrificio” será jamás el “justo” precio a pagar para conseguir una meta. Independientemente del resultado esperado.

La realidad es que conseguir una meta no necesariamente depende de la capacidad de sufrimiento, sino de la voluntad: si tu voluntad es mayor que tu sufrimiento no sabrás jamás a que resultados te llevará. Si tu sufrimiento es mayor que tu voluntad, el resultado ya lo conoces y es el mismo sufrimiento.

Esto no quita que ejercer esa voluntad no conlleve cierta dosis de dolor. Pero más que de sufrimiento entonces tendrás que hablar de Dolor….

El dolor es una sensación eminentemente física que viene juzgada por la mente como algo negativo de lo que hay que alejarse.

El sufrimiento es una condición mental en la que la mente asume una serie de creencias distorsionadas acerca del dolor físico que registra y las convierte en pensamientos negativos que conducen a una actitud victimista y derrotista.

Hay dos maneras para darle la vuelta a esa espiral y ambas están basadas en la voluntad y la visualización: una se centra en observar y visualizar el mismo dolor detenidamente hasta integrarlo, y depurarlo del juicio negativo con el que solemos asociarlo. Sentirlo como algo que acompaña pero no daña: es la técnica de los faquires y de los caminadores sobre vidrios y carbones ardiente.

La otra es la distracción mediante visualización de otros escenarios más agradables.

La primera es más difícil, y lenta pero muy eficaz a largo plazo.

La segunda es más fácil pero más peligrosa porque si la visualización se realiza en la fase demasiado temprana del dolor, llevará irremediablemente al aburrimiento, entonces volverá más presente que nunca la sensación de dolor que, tarde o temprano, nos hará caer en el sufrimiento. Además, muchas veces, al visualizar el escenario que motiva y anima, y sentir a la vez el dolor presente, puede llevar a la persona a tomar consciencia de que desea algo que no tiene en ese momento, lo cual contribuirá a un mayor desanimo por la diferencia negativa que supone lo bueno deseado de lo malo vivido.

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¿Prefieres Obtener Resultados Buenos o Mejores?

Si has contestado Mejor, entonces habrás caído en lo que se llama FALACIA DEL NIRVANA.
Se trata de una falacia o error de pensamiento en el que se suele crear una dicotomía, es decir una elección aparentemente obligada entre dos términos en los que uno aparece como “mejor” que el otro, aunque se refiere a un supuesto idílico y utópico, sin definición alguna, fuera de una connotación realista clara y evidente.
Sin embargo para decretar que algo es bueno para nosotros, sí tendremos que definir los aspectos por los que lo entendemos como “bueno”.
Escher

Como dijo Voltaire: “Lo Mejor es Enemigo De Lo Bueno”.
Y así es. Cada vez que nos planteamos hacer las cosas lo mejor posible es posible que acabemos por este mismo efecto, haciéndola peor que buenas….
Y eso ocurre porque acabamos auto-engañándonos con el término “mejor” que para nada define los criterios como para ser considerado “mejor que bueno”.
A esto uno podría contestar que sí se puede concretar algo “mejor” en base a los criterios por lo que definimos otra cosa como buena, pero en el momento que lo hagamos, entonces se convertirá automáticamente en una “nueva cosa buena”.
Lo “bueno” siempre se basará en unos criterios evidentes como para definirlo como tal, mientras que lo “mejor” estará asociado a meras expectativas.
Además, el mero hecho de plantear algo mejor, significará que no podrá ser bueno ya que si tiene que resultar mejor, tendrá por principio que ser antagonista de lo bueno.
Y todo lo que es antagonista de bueno, no puede ser bueno….
Parece un juego de palabras de continuas contradicciones, pero no hay que olvidar el sentido ontológico del término que acabará por orientar subconscientemente a la persona a no buscar lo bueno, a alejarse de lo bueno para encontrar una condición tan poco definida como difusa.
Si tenemos una idea definida de lo que es “bueno”, más valdrá perseguirla porque en lugar de aspirar simplemente a “algo difusamente mejor”, sabremos lo que querremos conseguir.
Siempre será más fácil dar con un blanco que uno puede ver que con otro que solo puede imaginar.
Por esta razón, más vale no engañarse y, entre lo bueno y lo mejor, quedarse con aspirar a lo bueno.

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Radiografía de la Depresión y Otras Enfermedades: ¿Por qué Sufrimos?

EnfermedadSi ante una situación problemática tuviéramos posibilidad de tomar una sola decisión posible, una sola opción, entonces no se trataría de una decisión, sino de una imposición. Y en la imposición no hay decisión, porque la decisión requiere de un margen mínimo de discreción personal para hacer que las cosas sean de una manera o de otra. Por tanto dos opciones.
Pero a las personas parece que esto que tanto anhelan por un lado (la libertad, o mejor dicho la autonomía para tomar decisiones), se les resiste por el otro. O mejor dicho, ciertas personas se resisten a poder disfrutar de este privilegio.

Porque la libertad de poder tomar decisiones (es decir elegir entre dos o más opciones) implica también su correspondiente responsabilidad y asumir las consecuencias de que uno puede equivocarse (cosa que no ocurre cuando el camino es obligado por la imposición).
Y por esta razón, esas personas acaban conviviendo con situaciones que no desean para sí, acabando por quejarse de ellas, aunque por el otro, aún disponiendo de la posibilidad de darle la vuelta cambiarlas y modificarlas, acaban por “sufrirlas” como humanamente pueden, incluso buscando a veces “excusas” para creerse que “algo o alguien” les está imponiendo esa situación que tanto les duele: son capaces de crearse racionalmente una imposición y un rol de víctimas alrededor de ella, porque así les resulta más cómodo sobrellevar la situación eximida la agravante de responsabilidad que les supondría la toma de consciencia de ser ellos mismos los primeros verdugos de su propio destino. Porque la gran mayoría de las cosas que uno no quiere le sientan peor cuanto más dependa de él apartarse de ellas, o hacer que dejen de suceder.
El sufrimiento suele surgir como efecto de una actitud negativa originada por el encontrarse una persona ante una situación que no quiere para sí.
Existen dos tipos de sufrimiento: el de la persona que ante esa situación se encuentra en la imposibilidad hacer algo para mejorarla o resolverla y sea consciente de ello, y el de la persona que ante esa misma situación sí tiene posibilidad de hacer algo, pero aún así cree que no puede.
Y el sufrimiento más peligroso es este último ya que cuando te repites a ti mismo que no quieres algo y no haces nada para apartarte de él o apartarlo de tí, es cuando acabas estando peor. Porque la propia auto-mentira se suma a la bese real de evidencia, y se genera una contradicción vital que añade la enfermedad al sufrimiento.
La naturaleza es sabia y cuando no uno hace nada para apartarse de algo que no quiere, entonces esa misma naturaleza le hace enfermar para que definitivamente se aparte: bien para evitar las negativas consecuencias para su estado de ánimo en seguir en algo que no quiere para sí, o bien para que a través de la enfermedad inicie uno a cuidarse a sí mismo y descubrir que en el centro de su vida está su persona y su salud, no ese problema al que acabó por dedicarle la gran mayoría del tiempo y de sus preocupaciones.
Y claro está, si uno acaba más tiempo preocupándose por algo que no es de sí mismo (un problema, una circunstancia o algo que le afecta y por la que acaba asumiendo el rol de víctima), deja de tener parte activa en su vida, situándose en la pasividad; si uno acaba más tiempo preocupándose por algo que no es su propia persona, entonces es que ha dejado de ocuparse de sí mismo. Y si ha dejado de ocuparse de sí mismo, entonces es que no se considera suficientemente importante o valioso, o no tanto como aquello a lo que le dedica más tiempo.
Sacar a uno mismo del centro de su vida para poner a su problema (o el de otras personas no tiene nada que ver con el altruismo-egoísmo, o con la empatía-egocentría, sino con la propia higiene mental y emocional.
Porque en esos casos enviamos un mensaje muy contundente a nuestra chispa vital en forma de duda existencial: ¿Para qué gastar energías vitales en vivir si para uno su vida ha dejado de ser la prioridad? Es natural entonces que ante esa eventualidad la llama de la vida se apague. Y es natural que el síntoma de que esto esté ocurriendo sea la llegada de alguna que otra depresión o enfermedad fisiológica.
En definitiva la enfermedad (cualquier enfermedad) no es un castigo que nos impone pone la vida por nuestras conductas o maneras de pensar, sino una manera que tiene nuestra naturaleza de informarnos de que alguna contradicción ha llegado a nosotros como para que sea necesario que paremos y reflexionemos sobre como resolverla y establecer el nuevo equilibrio.
Tampoco es adecuado pensar que la enfermedad sea la solución por la que hay que pasar para resolver ese conflicto, el paso obligado que, tras ello, nos devolverá al bienestar nuevamente. Claro que eso puede pasar, siempre y cuando se detecte y resuelva previamente ese conflicto.
Tampoco nos dice la enfermedad algo sobre donde reside ese conflicto y cuál es su naturaleza.
Es simplemente la manera de decirnos: “ojo, algo pasa: para, siéntate, y obsérvate, cuida de ti mismo/a porque algo no va bien en tus hábitos de pensamiento o de conducta. La enfermedad no es más sino la oportunidad de parar y reflexionar para hallar dónde está este conflicto, y afrontarlo.
Encontrar ese conflicto antes, y resolverlo después, son otras dos tareas aparte.

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El Síndrome Post-Vacacional: Porque No Requiere De Intervención Psicológica

A quien no le haya resultado incómodo o generado malestar alguna vez el simple pensamiento de que las vacaciones se han terminado y que toca volver al trabajo.

Es frecuente en estas fechas ver indicadores de este malestar en las RRSS, muros de FB y twitts de nuestros contactos, mediante frases que ejemplifican ese malestar. Una de estas frases recibida en los últimos días por uno de mis contactos recitaba, a modo de poema y con rima, lo siguiente: “Después de tanto disfrutar, ha sido bonito, pero toca volver a la cruda realidad”.

Como si el trabajo fuera la realidad, pero las vacaciones no lo hubieran sido…. Como si el disfrute no hubiese sido real… Como si la persona no fuera consciente que el mero hecho de vivir algo es la máxima demostración de que la experiencia ha sido real.

GritoEsta frase dice mucho de cómo esta persona entiende que la realidad más auténtica es lo que corresponde a la rutina anual, mientras que lo otro es la excepción… Y esa realidad es “cruda” en contraposición con la excepción que es bonita… Como si para esta persona lo real corresponde con “lo malo”, y lo bonito quien sabe a que: como si fuera imposible entonces que algo real y algo bonito pudieran ocurrir a la vez en su vida…

Volviendo al Síndrome Post vacacional, éste no deja de ser un estado transitorio que suele afectar a la persona mientras se encuentra en el periodo de “cambio de rutina” entre las vacaciones y el trabajo, pero que suele desvanecer solo en cuanto la persona misma centre sus pensamientos en el siguiente foco temporal de atención. No deja de ser algo transitorio que dura unos pocos días máximo (de 2 a 3 días), que en caso alguno condiciona, o merma el habitual funcionamiento de la persona en sus distintos ámbitos de vida: como máximo puede que ralentice de alguna manera su funcionar, pero no llega en caso alguno a generar un bloqueo o una parálisis.

Para aliviar este estado, en los casos en los que se presenta como leve, basta acortar el periodo de tránsito entre el “Final de las vacaciones” y la “Puesta al día de la rutina anual”. Esto hará que el síndrome dure menos (siempre que lo tengamos), sin llegar al extremo de pasar de una cosa a otra de manera brusca y abrupta, por lo que esto puede incrementar la dificultad de adaptación a la nueva rutina (cambios de hora, tareas, actividades, etc.) y causar el efecto opuesto, es decir un incremento sustancial del nivel de estrés por atender las exigencias de un trabajo que se presenta intenso de manera improvisa y directa: esta última situación sería como pedir a un deportista que vuelva a competir sin realizar la preparación física pertinente a la nueva temporada.

En este sentido se trata de acortar el tiempo de transición entre una rutina y otra, sin que por ello se tenga que incrementar el nivel de intensidad con la que se inicia la nueva rutina.

El Síndrome Post-Vacacional suele agravarse cuando está asociado a la nueva rutina el recuerdo de situaciones desagradables relacionadas con esa misma rutina a encontrar: cuando la persona entiende que la vuelta al trabajo implica volver a los “viejos” problemas sin resolver (o que según ella no tienen solución), situaciones para las que la persona no se siente capaz de afrontar o resolver eficazmente, o que supongan estrés, conflictos, altas cargas de trabajo sensoriales, cognitivas, emocionales, o sociales, hasta situaciones más contundentes aún como pueden ser ambientes relacionados con la desigualdad de género, la falta de conciliación, hasta el acoso o mobbing.

En estos últimos casos es cuando se puede pensar que el Síndrome Post-Vacacional se agudiza y genera bloqueos o parálisis emocionales que condicionan y merman un funcionar más o menos habitual de la persona. En estos casos es cuando, según algunos especialistas, el Síndrome Post-Vacacional y se convierte en un problema que merece tratamiento.

Pero no es así, ya que el Síndrome Post-Vacacional en estos casos no es el problema en sí, sino el indicador, es decir el síntoma por el que se manifiesta y agudiza el real problema que afecta a la persona (Estrés, Acoso, Mobbing, Falta de Autoestima, Fobias en sus distintas vertientes, Deficit de Asertividad, etc.). En estos casos el Síndrome Post-Vacacional no es el diagnóstico, no es la causa, sino la consecuencia, no es el fin, sino el medio por el cual se informa de cual es el fin del tratamiento: la finalidad del tratamiento, entonces, no es aliviar el síndrome post vacacional sino afrontar el problema que subyace.

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