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Radiografía de la Depresión y Otras Enfermedades: ¿Por qué Sufrimos?

EnfermedadSi ante una situación problemática tuviéramos posibilidad de tomar una sola decisión posible, una sola opción, entonces no se trataría de una decisión, sino de una imposición. Y en la imposición no hay decisión, porque la decisión requiere de un margen mínimo de discreción personal para hacer que las cosas sean de una manera o de otra. Por tanto dos opciones.
Pero a las personas parece que esto que tanto anhelan por un lado (la libertad, o mejor dicho la autonomía para tomar decisiones), se les resiste por el otro. O mejor dicho, ciertas personas se resisten a poder disfrutar de este privilegio.

Porque la libertad de poder tomar decisiones (es decir elegir entre dos o más opciones) implica también su correspondiente responsabilidad y asumir las consecuencias de que uno puede equivocarse (cosa que no ocurre cuando el camino es obligado por la imposición).
Y por esta razón, esas personas acaban conviviendo con situaciones que no desean para sí, acabando por quejarse de ellas, aunque por el otro, aún disponiendo de la posibilidad de darle la vuelta cambiarlas y modificarlas, acaban por “sufrirlas” como humanamente pueden, incluso buscando a veces “excusas” para creerse que “algo o alguien” les está imponiendo esa situación que tanto les duele: son capaces de crearse racionalmente una imposición y un rol de víctimas alrededor de ella, porque así les resulta más cómodo sobrellevar la situación eximida la agravante de responsabilidad que les supondría la toma de consciencia de ser ellos mismos los primeros verdugos de su propio destino. Porque la gran mayoría de las cosas que uno no quiere le sientan peor cuanto más dependa de él apartarse de ellas, o hacer que dejen de suceder.
El sufrimiento suele surgir como efecto de una actitud negativa originada por el encontrarse una persona ante una situación que no quiere para sí.
Existen dos tipos de sufrimiento: el de la persona que ante esa situación se encuentra en la imposibilidad hacer algo para mejorarla o resolverla y sea consciente de ello, y el de la persona que ante esa misma situación sí tiene posibilidad de hacer algo, pero aún así cree que no puede.
Y el sufrimiento más peligroso es este último ya que cuando te repites a ti mismo que no quieres algo y no haces nada para apartarte de él o apartarlo de tí, es cuando acabas estando peor. Porque la propia auto-mentira se suma a la bese real de evidencia, y se genera una contradicción vital que añade la enfermedad al sufrimiento.
La naturaleza es sabia y cuando no uno hace nada para apartarse de algo que no quiere, entonces esa misma naturaleza le hace enfermar para que definitivamente se aparte: bien para evitar las negativas consecuencias para su estado de ánimo en seguir en algo que no quiere para sí, o bien para que a través de la enfermedad inicie uno a cuidarse a sí mismo y descubrir que en el centro de su vida está su persona y su salud, no ese problema al que acabó por dedicarle la gran mayoría del tiempo y de sus preocupaciones.
Y claro está, si uno acaba más tiempo preocupándose por algo que no es de sí mismo (un problema, una circunstancia o algo que le afecta y por la que acaba asumiendo el rol de víctima), deja de tener parte activa en su vida, situándose en la pasividad; si uno acaba más tiempo preocupándose por algo que no es su propia persona, entonces es que ha dejado de ocuparse de sí mismo. Y si ha dejado de ocuparse de sí mismo, entonces es que no se considera suficientemente importante o valioso, o no tanto como aquello a lo que le dedica más tiempo.
Sacar a uno mismo del centro de su vida para poner a su problema (o el de otras personas no tiene nada que ver con el altruismo-egoísmo, o con la empatía-egocentría, sino con la propia higiene mental y emocional.
Porque en esos casos enviamos un mensaje muy contundente a nuestra chispa vital en forma de duda existencial: ¿Para qué gastar energías vitales en vivir si para uno su vida ha dejado de ser la prioridad? Es natural entonces que ante esa eventualidad la llama de la vida se apague. Y es natural que el síntoma de que esto esté ocurriendo sea la llegada de alguna que otra depresión o enfermedad fisiológica.
En definitiva la enfermedad (cualquier enfermedad) no es un castigo que nos impone pone la vida por nuestras conductas o maneras de pensar, sino una manera que tiene nuestra naturaleza de informarnos de que alguna contradicción ha llegado a nosotros como para que sea necesario que paremos y reflexionemos sobre como resolverla y establecer el nuevo equilibrio.
Tampoco es adecuado pensar que la enfermedad sea la solución por la que hay que pasar para resolver ese conflicto, el paso obligado que, tras ello, nos devolverá al bienestar nuevamente. Claro que eso puede pasar, siempre y cuando se detecte y resuelva previamente ese conflicto.
Tampoco nos dice la enfermedad algo sobre donde reside ese conflicto y cuál es su naturaleza.
Es simplemente la manera de decirnos: “ojo, algo pasa: para, siéntate, y obsérvate, cuida de ti mismo/a porque algo no va bien en tus hábitos de pensamiento o de conducta. La enfermedad no es más sino la oportunidad de parar y reflexionar para hallar dónde está este conflicto, y afrontarlo.
Encontrar ese conflicto antes, y resolverlo después, son otras dos tareas aparte.

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