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Archive for 6 diciembre 2016

Emocionar no es Intervenir en las Emociones

 

Las emociones son el resultado de un proceso cognitivo por el que la información captada por los cinco sentidos se organiza, clasifica y procesa en el sistema cognitivo hasta generar una respuesta. Dicha respuesta consta de tres componentes: pensamientos y juicios, emociones y comportamientos.

La ciencia que se ocupa de estudiar e intervenir en estos procesos es la Psicología. Y los profesionales formalmente cualificados para trabajar con ello son los psicólogos.

Sin embargo el proliferar de constante de técnicas orientadas a emocionar a las personas con el fin de producir cambios en su estado y disposición, está poniendo de manifiesto por parte de cada creador de esas herramientas el otorgarse el derecho a trabajar profesionalmente con dichas técnicas y ejercer como tal en el amplio mundo de las terapias y del crecimiento personal.

Cabe añadir que muchas de esas técnicas, no encuadradas formalmente en el corpus de protocolos testados científicamente, suelen constituir un refrito o refundido de herramientas y estrategias que muchas veces sus creadores han aprendido acudiendo a un psicólogo u observando a psicólogos en acción. Es el caso por ejemplo de la PNL.

saltimbanquiEsta praxis no otorga la ilegitimidad de a trabajar y cobrar por aplicar dichas técnicas, aunque desde un punto de vista ético se agradecería que esas actuaciones sirvieran para testar científicamente su efectividad y, tanto en el caso de no ser efectivas, como en el de no estar todavía testadas, al menos no se especulara con ellas y con su efectividad a través de publicidad engañosa.

Lejos de querer prohibirlas (¿Qué vamos a prohibir si no somos capaces de prohibir el tabaco por intereses comerciales?), quizás la cuestión sea regularlas así como se hace con el tabaco: si fumar mata, y hay que decirlo en el paquete, ¿por qué no decir que esas técnicas no está comprobado que tienen efecto estandarizable a un amplio margen de la población?

Otro opción es no llamarlas terapias. En eso ya han pensado sus creadores, abriéndose al concepto de “Desarrollo Personal”, es decir, un corpus de filosofías y técnicas orientadas a mejorar a la persona y contribuir a su crecimiento humano, partiendo del convencimiento de que la persona no está enferma: no hay diagnóstico, por lo que no hay enfermedad, por lo que no puede haber terapia.

Lo que ocurre bajo este principio es que sin enfermedad  no hay terapia, pero sigue habiendo personas que promocionan la intervención en emociones desde el crecimiento personal. La reflexión y la duda entonces surge espontánea:  ¿para qué tiene que haber intervención en las emociones? ¿para qué es necesario intervenir en una emoción o una creencia “imitante” si o es disfuncional o no causa un malestar en la persona? ¿para qué una emoción que no presenta disfunción , necesita de intervención?

Llegados a ese punto, algunos se esmeran para vender la idea de que los psicólogos solo trabajan la parte clínica, la enfermedad, y afirman que lo otro, la parte sana de la persona, es un territorio de legitima intervención para esas “profesiones”, que en la realidad no son profesiones sino meras estrategias de intervención derivadas en mucha ocasión de alguna corriente de la psicología para ayudar a las personas y contribuir a su crecimiento personal.

Aquí, la cuestión de fondo es que la psicología es la ciencia que estudia e interviene en el comportamiento, la cognición y la emoción humana, sin restricciones. Hay mucha psicología más allá de la clínica, como la deportiva, de las organizaciones, de los grupos (y equipos), perinatal, gerontológica, jurídica, mediación, etc. Relegar la psicología al territorio de la patología es un error conceptual de fondo cuando no representa una clara y maliciosa intención de beneficiarse y especular de manera fraudolenta con ello.

La idea de que los psicólogos trabajan la patología y los profesionales del crecimiento personal trabajan la parte sana de la persona es una mentira. Solo los psicólogos clínicos trabajan con la enfermedad. Luego están otros psicólogos con su propia especialización (trabajo, educación, deoprte, jurídica, etc.), trabajan desde la salud, en el campo en que pretenden ubicarse esas nuevas corrientes.

No nos engañemos: o estamos creando eufemismos para legitimar el intrusismo profesional, o estamos confundiendo emocionar con intervención en emociones.

Capítulo aparte merece la cuestión acerca del Coaching: ¿indicees psicología o no es psicología? ¿tiene que aplicarlo los psicólogos o no? La cuestión en este aspecto es muy clara: el coaching nació como actividad de ayuda a una persona para la consecución de objetivos, basada en un arte dialéctica (ojo, una arte, no una terapia) que es la mayéutica. Un coach tiene la función de ayudar a través de la pregunta a reflexionar y ordenar ideas con el fin de organizar y ejecutar una conducta orientada a un fin. Es la misma persona que decide la conducta y toma las decisiones. El coach solo ayuda a la reflexión, no dictamina, no juzga, evita contaminar el proceso con sus suposiciones. Para ello no hay que ser psicólogos. El problema surge cuando desde el coaching se pretende intervenir en las emociones o bloqueos emocionales de una persona que no logra poner en práctica lo que decide o lo que le gustaría hacer: cuando se inicia a trabajar intencionalmente sobre creencias limitantes, bloqueos emocionales, etc. El mero hecho de intervenir en ese campo representa un “cruzar la línea” del intrusismo profesional.  Y no todos los coaches son conscientes de ello o tienen intereses en mantenerse en su “lado de campo”.   Pero por ello no hemos de demonizar al Coaching como estrategia de intervención.

Que duda cabe que las emociones son un terreno común a todos los seres humanos. Así como los son los estornudos y la gripe. Y que duda cabe que en muchas ocasiones una emoción nueva es capaz de cambiar el estado de una persona y tener efectos terapéuticos: es lo que ocurre con la música, el cine, y el arte en general: provocan emociones que nos sacuden y llegan a tener efectos terapéuticos, pero no tienen la intención directa de “curar” nuestras enfermedades emocionales o disfunciones cognitivas.

Quizá sea hora de aproximar esas técnicas a un arte que simplemente genera entretenimiento y bienestar. Ese entretenimiento puede que tenga efectos terapéuticos, pero de ahí a vender ese producto como terapia hay un salo especulativo que haría caer en el fraude profesional.

Hay personas “adictas” a charlas, libros, videos de desarrollo personal. Les encanta. Pero no por ello encuentran fin a su sufrimiento y malestar, sino que generan una nueva forma más de “entretenimiento”, es decir de distracción del problema, para seguir viviendo o conviviendo con ello sin afrontarlo directamente. Puede que algún día una de esas charlas provoque un salto cuántico en sus emociones y sistemas cognitivos que de repente ponga fin a su malestar, pero no será fruto de la serendipia, no de la acción terapéutica intencionada.

Seamos honestos y éticos, dejemos la intervención sobre las emociones a los psicólogos, y hablemos de arte que emociona para vender esos productos.