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COMO PASAR DEL MIEDO A LA ACCION

Decálogo sobre la Acción como Antídoto del Miedo

El miedo es uno de los factores más paralizantes a la hora de querer conseguir uno lo que quiere. El miedo tiene una función adaptativa y nos sirve para protegernos de los peligros y preservar nuestra salud y existencia. Como animales que somos, es razonable y lógico hacer uso del miedo y tener miedo. La cuestión está en que en ocasiones aplicamos esa función biológica a aspectos que en realidad no están nada relacionados con nuestra supervivencia, como puede ser el miedo al fracaso, el miedo a hablar en público, el miedo a decir no, o el mismo miedo al cambio.

Pero, contrariamente a lo que muchos piensan, no es el factor más peligroso para conseguir  uno sus propósitos, ya que otros elementos más paralizantes que muchas veces confundimos precisamente con el miedo, tales como el sopor mental y la pereza. El sopor mental es lo opuesto a la alerta y vigilia, es un estado que podemos definir como “pereza del pensamiento”, apatía, o aburrimiento. La pereza todos sabemos lo que es: se trata de una preferencia por lo cómodo, lo conocido que desemboca en una actitud de aferrarse a la impermanencia de las cosas.

Muchas veces confundimos la pereza y el sopor con miedo: creemos tener miedo y decimos que estamos bloqueados, pero en realidad lo que tenemos es sopor y pereza.

Existe en esos casos un antídoto muy eficaz para superar ese estado: la acción.

La acción (como forma de afrontamiento) es el único recurso que tenemos para hacer frente  al miedo. Y esto es muy distinto de permanecer en la comodidad. De hecho, si estudiamos el reino animal, si bien hay algunas especies que ante situaciones de riesgo se hacen “los muertos”, la gran mayoría  tiene entre sus recursos dos estrategias: el ataque y la defensa. Ambas implican actuar.

Por esta razón tener miedo y no actuar no tiene sentido: será más preciso decir que se tiene miedo y además pereza. Y que no se actúa, no por miedo, sino por pereza. Tener miedo no obliga necesariamente a quedarse parados. De hecho, se puede tener miedo y hacer lo que uno no tiene miedo a hacer, haciéndolo con miedo, pero haciéndolo. De otra manera no será el miedo quien nos paralice sino la pereza y el  sopor mental.

Pero la evitación puede servir solo circunstancialmente porque no elimina ni sobrepasa el  miedo. Ni tampoco permite afrontar su causa: si queremos conseguir algo valioso, hemos de actuar.

Si no actuamos, no es por miedo, sino por pereza.

Ahora la pregunta que surge es la siguiente:

¿Cómo se puede pasar del miedo a la acción?

Aquí va un decálogo:

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  1. Tener claro si lo que se desea o se necesita vale más la pena que estarse  uno parado: a veces nos planteamos necesidades y deseos que en realidad no estamos dispuestos a hacer lo que es preciso y pagar el precio que suponen, causando en nosotros mucha frustración. Eliminando el deseo, se elimina el sufrimiento, pero entonces tendremos que ser consecuentes con que nuestra preferencia es permanecer como estamos.
  2. Se quiere actuar, dejar de repetirse uno que tiene miedo: eso no aporta y pone a una persona en la espiral de negatividad. Es obvio y natural tener miedo, y muchos otros que lo intentaron previamente, lo experimentaron. Pero aquellos que lo lograron tuvieron en algún momento que romper esa barrera pasando por los puntos sucesivos de este decálogo.
  3. Dejar de justificarse en el miedo como razón para no hacer: asumir uno su propia pereza si no quiere actuar.
  4. Dejar de repetirse que uno que no puede o no es capaz: será más bien que no quiere actuar o tiene pereza.
  5. Dejar de repetirse uno que no puede actuar por culpa de los demás, de lo que le sucedió o lo que le hicieron: posiblemente esa gente ya no está ahí impidiéndole
  6. Dejar de repetirse un que no dispone de recursos para hacerlo bien o que se dan las circunstancias adecuadas: la perfección no existe, ¿para qué entonces esperar a que se den las circunstancias perfectas? Actuar no implica hacerlo de la mejor manera posible en absoluto, sino de la manera en la que uno puede.
  7. Identificar la primera acción a poner en práctica y ejecutarla.
  8. Practicar, Fracasar y Repetir: lo normal es que a la primera no nos salgan las cosas. En ocasiones es necesario fracasar para aprender.
  9. Afrontar la experiencia: el valor de la experiencia es fundamental y siempre es necesario. Si no sabemos cómo conseguir algo, es porque no tenemos la experiencia necesaria para hacerlo: no nos que otro remedio que probar. Por ejemplo, las marcas de coche no podían fabricar hace 20 años los coches de hoy, porque necesitaron construir aquellos que vinieron en este intervalo de tiempo para darse cuenta de lo que necesitaban mejorar: todo se construye usando como base los pasos anteriores. No podemos llegar a un sitio alguno sin querernos desplazar.
  10. Vivir la experiencia como aprendizaje: muchas veces no actuamos porque pensamos que todavía nos falta aprender cosas. No hay otra forma de aprender que no sea practicando. Es algo que nos cuesta asumir porque venimos de un sistema educativo que se basa en la adquisición de conocimiento como base para la práctica. Así es como olvidamos que la práctica es la mejor estrategia de adquisición de conocimiento y aprendizaje.

 

Mindfulness: Motivación y Voluntad

La tercera edición del curso de Mindfulness MBET® e Inteligencia Emocional de la Universidad de Murcia ya es una realidad: a falta de dos semanas del cierre de inscripciones quedan todavía algunas plazas, habiendo cubierto ya el cuórum de alumnos mínimos para que el programa arranque.

Con motivo de incentivar la práctica formal e informal, dedicaremos este post a la motivación y la voluntad orientadas a la práctica.

¿Es lo mismo voluntad que motivación?

La falta de motivación o de voluntad (o de ambas cosas) puede ser uno de los grandes impedimentos hacia la práctica.

En efecto las dos variables son diferentes y se refieren a aspectos complementarios:

La palabra motivación deriva del latín motivus o motus, que significa ‘causa del movimiento’. La motivación es un estado interno que activa, dirige y mantiene la conducta.

La palabra voluntad proviene del idioma latín voluntas, voluntātis (verbo volo = ‘querer’, y sufijo -tas, -tatis = ‘-dad’, ‘-idad’, en castellano), y consiste en la capacidad de los seres humanos de decidir con libertad y optar por un tipo de conducta determinado.

Hay dos tipos de voluntad: la espontánea, que puede entenderse como Motivación, y la intencionada, que surge como efecto de la adecuación a una norma o disciplina.

Hay personas que tienen voluntad pero no motivación y otras que tienen motivación pero no voluntad. También hay personas que tienen ambas cosas o ninguna.

En la práctica del mindfulness, así como en cualquier entrenamiento, son importantes ambas: la motivación nos llevará a la acción espontánea y natural de practicar, bien movidos por el mero placer de la experiencia (motivación intrínseca) o bien por la expectativa de lograr un determinado estado emocional como efecto de la práctica (motivación extrínseca).

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Pero en ocasiones, sobre todo en los momentos de mayor estrés y carga, se tiene la tendencia en abandonar la práctica debido a que los problemas  y preocupaciones llevan a la persona a distraerse y no encontrar la práctica amena y agradable.

Sin embargo, en esos momentos es cuando más beneficioso puede resultar practicar, aunque directamente no se encuentre el punto ideal de motivación. La voluntad, es decir la capacidad de mantenerse firme en una decisión e intención tomada libremente, ayudará a mantener activa la rutina.

Del mismo modo, solo con voluntad, a la larga, una persona puede acabar desistiendo si no encuentra en la práctica una motivación, es decir un beneficio directo, que le anime e impulse a seguir.

Resumiendo e inspirándonos en la filosofía griega, tener motivación y voluntad es moverse en un equilibrio entre el placer del Epicureísmo (340 a.c. aproximadamente), y la determinación del Estoicismo de Zenón (300 a.c. aproximadamente).

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Vivir el Presente No Significa Exigir la Inmediatez

Vivir el presente está de moda. Tanto hincapié en el mindfulness y tantas frases esclarecedoras por la redes sociales están contribuyendo a una consciencia general orientada a valorar y apreciar el presente.

Pero con cada vez mayor frecuencia me encuentro con personas que tergiversan eso de vivir el presente y lo convierten en el extremo más exacerbado del motu epicúreo y edónico del Carpe Diem.

Cierto es que es recomendable disfrutar del momento, siempre y cuando esta actitud no se convierta en un actuar sin tener en cuenta las consecuencias de una conducta o siempre y cuando no se convierta en una obsesión compulsiva por la inmediatez.

reloj-inmediatoVivir el presente, desde el enfoque mindful otorga otra dimensión al Carpe Diem que no tiene tanto que ver hacer lo posible para que uno haga cosas que le plazcan, sino con hacer lo posible para encontrar el lado positivo y agradable de lo que se esté haciendo o esté sucediendo: no tiene que ver con tratar de manipular la realidad de acuerdo a lo que uno desea, sino con ser capaces de cambiar y manipular la propia actitud para sacar provecho de la realidad que a uno le ha tocado vivir.

Sin embargo vivimos inmersos en un mundo cuyos cambios con cada vez más rápidos y abruptos: la tecnología de la información nos ha permitido llegar, a diez años de la presentación del primer Smartphone, a tener el mundo a distancia de un click. Somos la sociedad digital, no solamente por eso del cero y uno, sino también por el hecho de que con un digito, con un click, con un dedo, podemos gobernar un mundo prevalentemente constituido por información.

Nos estamos acostumbrando a la inmediatez con una facilidad que a nuestra mente le cuesta cada vez más entender como ciertas decisiones o soluciones a problemas tarden horas en llegar. Nos estamos acostumbrando a llevar varias conversaciones a la vez por watsapp que cuando volvemos al mundo analógico, de la conversación cara a cara, nos cuesta esperar a que dos personas terminen para poder hablar nosotros, y el tiempo de espera nos parece interminable.

Si bien la inmediatez ha entrado a formar parte de nuestras decisiones con tanta facilidad, hay cuestiones que no dependen de nosotros y que tardan en cambiar, dilatando el presente durante muchas horas o días, o incluso meses.

Pero el presente no está reñido con la inmediatez. El presente puede dilatarse en el tiempo, la inmediatez no. Pensar en el presente no tiene que implicar la expectativa de  que aquello que esté sucediendo en ese presente deje de suceder o cambie.

Muchas personas acuden a mi a que les enseñe a practicar mindfulness, pero se exigen que su aprendizaje sea inmediato, que la práctica resulte placentera de inmediato: se exigen resultados inmediatos en el presente, que requieren que ese presente madure y se desarrolle. El presente necesita del tiempo para suceder, la inmediatez no  entiende de tiempo de espera. El presente se alimenta del tiempo y lo necesita, la inmediatez trata de eliminar ese tiempo.

Esas personas normalmente acaban desistiendo, en muchas ocasiones frustrados porque lo que se “vende por ahí” son imágenes y frases muy agradables y placenteras asociadas a esta práctica. Frases que resumen estados disposicionales y emocionales que no logran alcanzar con tres o cuatro sesiones donde la simple postura meditativa acaba convirtiéndose en un suplicio.

Todo esto nos devuelve una importante evidencia: el presente es un proceso que hay que vivir y experimentar, más que un estado agradable si o si, en el que uno desea estar. El presente simplemente sucede, y si una persona tiene sentidos desarrollados y disposición para prestar atención a ciertos matices de ese presente captará esos detalles.

Esta cuestión no es inherente solo al mindfulness, sino a toda actividad que para lograr ciertos estados o resultados requiere de un cierto entrenamiento, bien sea tocar el piano, pintar un paisaje en  un lienzo, conducir una moto, ir en patines, ir a caballo, nadar, correr o simplemente dar un paseo o tener una conversación agradable con una persona querida.

Pero hay que estar dispuestos a atravesar aquello que cada uno lleva dentro y su propia y necesaria torpeza del principiante e ir más allá de lo inmediato para lograr apreciar esos momentos: y la impaciencia es el peor compañero de viaje, siempre, independientemente de la disciplina o actividad que una persona decida practicar.

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Emocionar no es Intervenir en las Emociones

 

Las emociones son el resultado de un proceso cognitivo por el que la información captada por los cinco sentidos se organiza, clasifica y procesa en el sistema cognitivo hasta generar una respuesta. Dicha respuesta consta de tres componentes: pensamientos y juicios, emociones y comportamientos.

La ciencia que se ocupa de estudiar e intervenir en estos procesos es la Psicología. Y los profesionales formalmente cualificados para trabajar con ello son los psicólogos.

Sin embargo el proliferar de constante de técnicas orientadas a emocionar a las personas con el fin de producir cambios en su estado y disposición, está poniendo de manifiesto por parte de cada creador de esas herramientas el otorgarse el derecho a trabajar profesionalmente con dichas técnicas y ejercer como tal en el amplio mundo de las terapias y del crecimiento personal.

Cabe añadir que muchas de esas técnicas, no encuadradas formalmente en el corpus de protocolos testados científicamente, suelen constituir un refrito o refundido de herramientas y estrategias que muchas veces sus creadores han aprendido acudiendo a un psicólogo u observando a psicólogos en acción. Es el caso por ejemplo de la PNL.

saltimbanquiEsta praxis no otorga la ilegitimidad de a trabajar y cobrar por aplicar dichas técnicas, aunque desde un punto de vista ético se agradecería que esas actuaciones sirvieran para testar científicamente su efectividad y, tanto en el caso de no ser efectivas, como en el de no estar todavía testadas, al menos no se especulara con ellas y con su efectividad a través de publicidad engañosa.

Lejos de querer prohibirlas (¿Qué vamos a prohibir si no somos capaces de prohibir el tabaco por intereses comerciales?), quizás la cuestión sea regularlas así como se hace con el tabaco: si fumar mata, y hay que decirlo en el paquete, ¿por qué no decir que esas técnicas no está comprobado que tienen efecto estandarizable a un amplio margen de la población?

Otro opción es no llamarlas terapias. En eso ya han pensado sus creadores, abriéndose al concepto de “Desarrollo Personal”, es decir, un corpus de filosofías y técnicas orientadas a mejorar a la persona y contribuir a su crecimiento humano, partiendo del convencimiento de que la persona no está enferma: no hay diagnóstico, por lo que no hay enfermedad, por lo que no puede haber terapia.

Lo que ocurre bajo este principio es que sin enfermedad  no hay terapia, pero sigue habiendo personas que promocionan la intervención en emociones desde el crecimiento personal. La reflexión y la duda entonces surge espontánea:  ¿para qué tiene que haber intervención en las emociones? ¿para qué es necesario intervenir en una emoción o una creencia “imitante” si o es disfuncional o no causa un malestar en la persona? ¿para qué una emoción que no presenta disfunción , necesita de intervención?

Llegados a ese punto, algunos se esmeran para vender la idea de que los psicólogos solo trabajan la parte clínica, la enfermedad, y afirman que lo otro, la parte sana de la persona, es un territorio de legitima intervención para esas “profesiones”, que en la realidad no son profesiones sino meras estrategias de intervención derivadas en mucha ocasión de alguna corriente de la psicología para ayudar a las personas y contribuir a su crecimiento personal.

Aquí, la cuestión de fondo es que la psicología es la ciencia que estudia e interviene en el comportamiento, la cognición y la emoción humana, sin restricciones. Hay mucha psicología más allá de la clínica, como la deportiva, de las organizaciones, de los grupos (y equipos), perinatal, gerontológica, jurídica, mediación, etc. Relegar la psicología al territorio de la patología es un error conceptual de fondo cuando no representa una clara y maliciosa intención de beneficiarse y especular de manera fraudolenta con ello.

La idea de que los psicólogos trabajan la patología y los profesionales del crecimiento personal trabajan la parte sana de la persona es una mentira. Solo los psicólogos clínicos trabajan con la enfermedad. Luego están otros psicólogos con su propia especialización (trabajo, educación, deoprte, jurídica, etc.), trabajan desde la salud, en el campo en que pretenden ubicarse esas nuevas corrientes.

No nos engañemos: o estamos creando eufemismos para legitimar el intrusismo profesional, o estamos confundiendo emocionar con intervención en emociones.

Capítulo aparte merece la cuestión acerca del Coaching: ¿indicees psicología o no es psicología? ¿tiene que aplicarlo los psicólogos o no? La cuestión en este aspecto es muy clara: el coaching nació como actividad de ayuda a una persona para la consecución de objetivos, basada en un arte dialéctica (ojo, una arte, no una terapia) que es la mayéutica. Un coach tiene la función de ayudar a través de la pregunta a reflexionar y ordenar ideas con el fin de organizar y ejecutar una conducta orientada a un fin. Es la misma persona que decide la conducta y toma las decisiones. El coach solo ayuda a la reflexión, no dictamina, no juzga, evita contaminar el proceso con sus suposiciones. Para ello no hay que ser psicólogos. El problema surge cuando desde el coaching se pretende intervenir en las emociones o bloqueos emocionales de una persona que no logra poner en práctica lo que decide o lo que le gustaría hacer: cuando se inicia a trabajar intencionalmente sobre creencias limitantes, bloqueos emocionales, etc. El mero hecho de intervenir en ese campo representa un “cruzar la línea” del intrusismo profesional.  Y no todos los coaches son conscientes de ello o tienen intereses en mantenerse en su “lado de campo”.   Pero por ello no hemos de demonizar al Coaching como estrategia de intervención.

Que duda cabe que las emociones son un terreno común a todos los seres humanos. Así como los son los estornudos y la gripe. Y que duda cabe que en muchas ocasiones una emoción nueva es capaz de cambiar el estado de una persona y tener efectos terapéuticos: es lo que ocurre con la música, el cine, y el arte en general: provocan emociones que nos sacuden y llegan a tener efectos terapéuticos, pero no tienen la intención directa de “curar” nuestras enfermedades emocionales o disfunciones cognitivas.

Quizá sea hora de aproximar esas técnicas a un arte que simplemente genera entretenimiento y bienestar. Ese entretenimiento puede que tenga efectos terapéuticos, pero de ahí a vender ese producto como terapia hay un salo especulativo que haría caer en el fraude profesional.

Hay personas “adictas” a charlas, libros, videos de desarrollo personal. Les encanta. Pero no por ello encuentran fin a su sufrimiento y malestar, sino que generan una nueva forma más de “entretenimiento”, es decir de distracción del problema, para seguir viviendo o conviviendo con ello sin afrontarlo directamente. Puede que algún día una de esas charlas provoque un salto cuántico en sus emociones y sistemas cognitivos que de repente ponga fin a su malestar, pero no será fruto de la serendipia, no de la acción terapéutica intencionada.

Seamos honestos y éticos, dejemos la intervención sobre las emociones a los psicólogos, y hablemos de arte que emociona para vender esos productos.

Las 3 Leyes del Equilibrio

Y LOS 3 CONSEJOS PARA LOGRARLO

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No es lo mismo equilibrio que tensión. Estar en equilibrio no es lo mismo que estar en tensión. Si no pregún teselo a un amigo o amiga: ¿Cómo te sientes cuando estás en equilibrio? ¿Cuándo estás en tensión? ¿Es lo mismo?

Entonces, ¿Cómo lograr el equilibrio en la vida sin caer en la tensión?

 

1ª LEY: el equilibrio es un estado dinámico.

Pongamos por ejemplo un equilibrista que camina sobre una cuerda. Su objetivo es permanecer en equilibrio, y para ello ¿Qué hace? ¿Acaso permanece inmueble sobre una cuerda? No, se mueve y realiza continuos ajustes en el espacio para mantenerse c

omo tal. Y una vez que logra el equilibrio, ¿permanecerá inmueble? No. Seguirá en ese balanceo. Llegamos por tanto a la primera ley del equilibrio. Para llevar una vida en equilibrio y balanceada, hay que estar en continuo movimiento. La estaticidad no nos valdrá. Hay que estar dispuestos a cambiar constantemente de estado.  De acuerdo con eso surge el primer consejo:

  1. Estar dispuestos al cambio continuo.

2ª LEY: sin tensión no puede haber equilibrio.

La cuerda, que para ello se llama “floja”, es floja, pero eso no significa que no tenga tensión. Tampoco está excesivamente tensada. Tiene que ser suficientemente floja para permitirle permanecer en equilibrio, pero a la vez suficientemente tensada para no “flojear” y caerse. De aquí el segundo consejo.

  1. Encontrar el punto de tensión adecuado para que esos cambios sean llevaderos.

3ª LEY: son necesarias dos fuerzas para lograr el equilibrio: una la pone la persona, la otra, el contexto.

El contexto influye. Para obtener el justo punto de tensión, el equilibrista elige el contexto y lo adapta a sus posibilidades, tensando o relajando la cuerda según sus posibilidades. Es difícil mantenerse en una vida balanceada en  un contexto que no nos favorece ese equilibrio. Si ese no es el contexto, no nos va a servir el simple realizar continuos cambios y hay que tomar una determinación. Una de dos: cambiemos el contexto o cambiemos de contexto. De aquí el tercer consejo.

  1. Adecuar las dificultades a las posibilidades de cada uno: que viene a ser lo mismo a cambiar el contexto o cambiar de contexto.

 

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Mindfulness como Medio o como Fin

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Es un dato evidente que muchas personas se inician en el mindfulness con el fin de reducir su estrés, encontrar un nuevo equilibrio, o lograr “callar” su mente y la espiral continua de pensamientos.

Que duda cabe que a través del mindfulness se pueden lograr todos esto beneficios, aunque es importante señalar que ninguno de ellos puede considerarse como objetivo a perseguir: es más, si se hace bajo esa intención es posible que los resultados tarden aún más en llegar.

Preguntaba un discípulo a su maestro:

  • “¿Maestro, cuanto tardaré en ser tan sabio como Vd.?
  • “10 años”. Respondió el maestro.
  • “¿Y si estudio el doble de tiempo?. Contestó el discípulo.
  • “Entonces tardarás el doble de tiempo”. Replicó el maestro.

Cuanto más usemos el mindfulness como medio para lograr ciertos estados, más estaremos tergiversando su aplicación.

Realmente el mindfulness no es el  medio, sino el fin de la práctica. Y si para algo podemos considerarlo un medio, es para darnos cuenta de lo que está en nuestra mente y tomar consciencia acerca de que hacer con ello.

Realmente no se logra poner la “mente en blanco” o “callar la mente” a través de la mera práctica del mindfulness entendido como entrenamiento mental, sino a través de la toma de consciencia acerca de lo que nos preocupa, con el fin de ocuparnos de ello y operar cambios en nuestras vidas, bien para cambiar las circunstancias y que dejen de afectarnos, o bien para cambiar nuestra actitud hacia ellas y, entonces, dejar de tener razones para preocuparnos.

¿De qué sirve meditar si tras tomar conciencia acerca de lo que nos hace estar mal, no operamos los cambios oportunos para que dejemos sentirnos así?

Si al practicar mindfulness nos damos cuenta que nuestra mente no para de proponernos ideas y cuestiones, y no logramos “callarla”, no es que no estemos practicando adecuadamente, sino que la practica será totalmente acertada, ya que el mindfulness no es una herramienta para llegar a un estado concreto de la mente, sino una ventana hacia ella para mostrarnos lo que se encuentra ahí dentro.

Es como si nos asomamos a una ventana: siempre encontraremos ante nosotros o algún tipo de panorama, nos guste o no nos guste. La cuestión no es tapiar esa ventana para no ver nada, ni menos pretender asomarse y esperarse contemplar la nada, sino tomar consciencia de lo que se encuentra ahí.

Puede que la ausencia de pensamientos y el famoso mito de “la mente en blanco” a la hora de practicar mindfulness, provengan más de haber aportado los cambios necesarios en nuestras vidas y realizado las decisiones oportunas acerca de los problemas a resolver, o bien porque hayamos aceptado una situación como tal, antes que por el mero hecho de sentarnos a respirar en silencio y quietud.

Es mucho más reconfortante practica mindfulness cuando uno está en paz con el mundo, que pretender estar en paz con el mundo como consecuencia de practicarlo.

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Aceptación y Realización: las dos vías de Sanación

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Tras sofisticar mucho las formas y estrategias de intervención, llega un momento en la vida de todo profesional en el que de repente todo se aclara y simplifica a la esencia. Esto es lo que ha ocurrido repasando los distintos casos tratados en estos años de actividad.

Las personas que trabajan conmigo saben que el objetivo de todo camino de desarrollo psico-emocional es aprender a mantener el equilibrio, el foco y la fluidez. ¿Pero cómo hacerlo?

Los ejes de mi intervención son básicamente dos: la aceptación o la realización.

Porque toda fuente de desequilibrio o malestar suele ser generada en la persona por una forma de afrontar lo que le suceda y tener que hacer algo, bien con aquello que le afecta o bien con su manera de tomárselo.  En ambos casos el elemento que siempre está presente es la necesidad de la persona de re-establecer el equilibrio emocional. Y esa necesidad es lo primero que hemos de identificar y lo único con lo que hemos de trabajar.

Hay dos formas de resolver el conflicto o desequilibrio marcado por la necesidad de una persona: proceder a lograr lo que supone la satisfacción de esa necesidad (vía de la Realización), o eliminar esa necesidad (vía de la Aceptación).

De hecho, como consecuencia de esa necesidad, el cliente puede elegir si quiere que le acompañe para trata

r de cambiar lo de fuera, es decir poner en práctica las acciones necesarias para cambiar la situación, o cambiar su forma de afrontarlo, es decir tratar de construir un significado alternativo a lo que le ocurre, con el cual sentirse más cómodo y aceptar la situación.

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No existe entre los dos el camino fácil, ya que cada uno siempre esconde insidias, dificultades y sorpresas no del todo agradables.  De hecho, ambos caminos presentan  y parten de la misma  necesidad inicial.

Aceptación:es el camino de la resiliencia y del desapego,  del entender que aceptar una realidad no significa resignarse, sino aprender a valorar los aspectos positivos y entrever las oportunidades que esconde. Si un chico llega a la edad en que decide aceptar que no será futbolista profesional por estudiar una carrera, esto no significa que pasará toda su vida con la duda de no saber que hubiese pasado en caso de intentarlo, sino que aceptará vivir con la certeza de haber tomado una decisión que presenta la oportunidad de estudiar una carrera y ser profesional  de la rama que le corresponda. La estrategia de mi intervención con la que trabajo en estas fases se basa en el Mindfulness la Psicología Positiva y la Psicología Cognitiva. La línea estratégica principal es acompañar a la persona a desapegarse de su propia necesidad inicial de ser futbolista, para vivir en paz sin ella. Eliminada la necesidad que causa el malestar, se eliminará el malestar.

Realización: es el camino de la definición de objetivos ambiciosos y planes de acción. El camino de la motivación de gran alcance, del compromiso y la superación. Este camino requiere hacer todo lo que es preciso (y a veces incluso más) para alcanzar el objetivo que supone la satisfacción de la necesidad de la persona. Llegar a la cumbre del Everest sin oxigeno supone un logro que requiere gran esfuerzo y un foco dirigido y sostenido en el tiempo. Si la persona no acepta la posibilidad de no haberlo intentado, tendrá que cumplir con varias etapas de un plan de acción a muy largo plazo que requiere desde reunir los medios, hasta disponer del tiempo, como el superar fracasos y acumular la experiencia suficiente. El nivel de compromiso con el cliente no cambia, aunque en este caso el trabajo consiste en mantenerle atado  y apegado a esa necesidad y voluntad, incluso en los momentos en que puede plantearse desistir.    La Psicología Positiva y la Psicología Humanista son los marcos referenciales del trabajo en este aspecto, aunque el estilo de actuación  que uso es el del Coaching Ejecutivo y de Equipos.

Aclarado todo esto solo quedan dos preguntas:

¿Cuál es la necesidad que te atormenta últimamente?

¿Qué camino de los dos quieres elegir?

Yo te acompañaré.