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Coaching y Ciencia: ¿Cómo el Agua y el Aceite?

Una de las señales inequívocas de que el Coaching no es más que una rama de la Psicología es el esmero reciente por parte de algunas asociaciones de buscar su justificación científica y tropezar una vez más con la Psicología como el fundamento científico que en gran parte sostiene las raíces de esta práctica.

Y no es casual que esta práctica, hijastra maltratada por muchos psicólogos que se niegan a considerarla perteneciente a esta disciplina, se ha encontrado en su camino evolutivo ante las mismas críticas que la Psicología de los años 40 del siglo pasado: eran tiempos en que la psicología era poco más que la psicoanálisis y, más allá de la aportación filosófica, las teorías de Freud y Jung iniciaron a tambalear ante las críticas de los defensores del método científico y de la epistemología moderna.

Ahí fue cuando el conductismo puro, no sin defectos estructurales como la visión mecanicista y la casi negación de la importancia de aspectos cognitivos y emocionales, realizó una de las mayores aportaciones históricas a esta disciplina: la posibilidad de medir, estructurar y replicar resultados en laboratorio, hecho que ayudó a que la psicología entrase de una vez en el corpus de las ciencias sociales. Hoy la psicología es una ciencia a todos los efectos, que sigue los estrictos rigores metodológicos de la epistemología Popperiana, las reglas de la estadística psicométrica y la investigación psicosocial.

El coaching nació como práctica fuera del marco académico de la psicología, aunque fundamentado en gran medida por enfoques de intervención derivados de la psicología. Durante unos años el coaching proliferó siendo adoptado por todo tipo de “profesional” que con mayor o menor formación específica, podía colgarse el título de Coach Profesional con relativa facilidad y en plazos menores a lo que supone el estudio de un grado universitario de psicología.

Así fue como el mercado se “plagó” de nuevos gurúes que resucitaron muchas las ramas de la psicología que habían sido descartadas por el estricto control de método científico, y desahuciadas por los mismos psicólogos en un afán “cientista” por ver reconocida a esta disciplina como ciencia.  Gestalt, psicoanálisis, terapia transaccional, teorías del aprendizaje de Piaget, eneagrama, encontraron nuevos adeptos que gracias a buenas labores de marketing y ciertas operaciones de fusión con ideas propias cautivadoras y a la moda, creaban  nuevos modelos de intervención bajo su propia marca personal: hasta Jung revivió bajo el nombre de escuelas y herramientas tecnológicas inspiradas en sus teorías y fundamentadas en el Big Data, para proponer nuevos servicios y productos con algo más de rigor.

Pero el tiempo hizo que las brevas cayeran por su propio peso. En menos de una década el Coaching entra en crisis: ¿Qué hay en cuanto a resultados y beneficios objetivos para un cliente dispuesto a pagar entre 50€ y 250€ / sesión, en la que el coach siquiera asume una posición asimétrica a través de la cual ofrecer un valor añadido, un conocimiento, o una experiencia que en el resto de las profesiones consiste precisamente en la justificación del precio a pagar para esa inversión? ¿Qué hay más allá del marketing de  un supuesto gurú que en sus charlas multitudinarias repite frases “motivacionales” escritas por otros que pasaron a la historia por conseguir algo más que él? ¿Se ha convertido el pagar por coaching en pagar por una nueva forma de filosofía personalizada y al uso?

En ese auge desregulado, llegó un momento en que llegó a llamarse “coaching” casi cualquier cosa que fuera mínimamente asociada a animar, dinamizar y crear algo de engagement: pareció que el coaching se había convertido, como la psicología casi cien años antes, en un territorio donde todo podía valer.

Fue en esos momentos en que los profesionales y asociaciones de coaching se propusieron buscar algo de rigor poniendo el interés en su fundamento científico e impulsando investigaciones sobre ello. Pero es difícil hoy en día hacer ciencia sin estar dentro de un entorno académico: y el coaching precisamente no se encuentra comprendido entre las disciplinas académicas universitarias. El desconocimiento y la falta de experiencia en cuanto a investigación psicométrica hizo que algunos neófitos, desde su ignorancia, simplemente se limitaran utilizar hallazgos de neurociencias y psicología para fundamentar mediante saltos especulativos, sesgados y parciales, unas conclusiones para definir el fundamento científico del coaching, que no pueden sujetarse.

Y la cuestión es que el coaching no puede fundamentarse científicamente porque es un conjunto de estrategias de intervención que no pueden investigarse en su totalidad: habría que investigar cada aplicación, cada herramienta, y cada actuación por separado, teniendo en cuenta a colectivos, edades, sexos, niveles de estudios: habría que contar con muestras amplias, etc.

El coaching nació como enfoque eminentemente práctico, donde el factor “consecución del resultado” era más importante que el factor “validez del método”. Algo parecido a las funciones de un entrenador en un equipo deportivo (de ahí justamente la palabra coach):

¿se imagina el lector a un entrenador de futbol perdiendo el tiempo en buscar las pruebas científicas de sus métodos?  ¿Le pagarían para ello? ¿Cuántos partidos tendrían que esperar en su club para que traiga esas conclusiones? Posiblemente perdería toda la temporada: y el equipo compite para ganar, no para probar demostraciones científicas. Y es más, en el supuesto eventual de ocurrir en  algún hallazgo: ¿Valdría posteriormente ese hallazgo con otros equipos y otras personas? ¿Valdrían para siempre?

La ciencia no es el camino para el coaching, sino lo son los resultados. Y para ello el nivel de cambio y ajustes ha de tener en cuenta un Coach de ser tan elevado y personalizado que es imposible investigarlo con el método científico tradicional, mientras el big data neurofisiológico capaz de ofrecer feed-back y baremos a amplia escala no esté maduro. Seguramente llegaremos a ello en unos años, razón por la cual es posible que el Big Data permita superar los problemas técnicos que llevaron hace años a descartar teorías Jungianas o gestáltica.

De otro modo, buscar la cientificidad en el coaching no es más que una nueva manera de admitir su inclusión dentro de las prácticas profesionales de la psicología, aunque con un nivel de rigor menos estricto que las prácticas clínicas y sanitarias, debido al exhaustivo control que éstas últimas han de pasar por su carácter terapéutico.

Reconocer la pretensión no científica del coaching pero no es razón por la que volver a la práctica del “todo vale”, sino lo contrario, iniciar a asumir que la única ciencia que dota al Coaching de algo de cientificidad es la psicología y la neuropsicología.

Pero aquí surge la gran evidencia reveladora: ¿Qué otra cosa estaría haciendo sino intervención psicológica, un supuesto coach, cuando para ello se justifica en estudios psicológicos y neuropsicológicos? Este hecho, demuestra que el coaching no es más que una manera de practicar intervención psicológica, distinta de la clínica y sanitaria, pero psicología.

 

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Categorías:Coaching, Psicología Etiquetas: , ,