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Sufrología del Fracaso

Pensador¿Qué es lo que realmente duele a una persona, cuando no consigue un objetivo esperado? ¿El fracaso? ¿Y qué es el fracaso?

Psicológicamente, el fracaso no es otra cosa que la resultante, en términos pasivos (es decir en términos negativos) de la diferencia entre el valor asignado por una persona al resultado obtenido de una acción, y el valor asignado a la idea o expectativa del resultado deseado y previamente imaginado por parte de esa misma persona.

En esto términos, si una persona obtiene como consecuencia de sus acciones un resultado al que asigna un valor de 4 en una escala de 1 a 10, pero se esperaba un resultado de 7, la diferencia entre 4 y 7 será de -3, es decir un resultado pasivo.

Todo resultado pasivo de esa resta, es susceptible de ser considerado psicológicamente como un fracaso.

Por el contrario, llamaremos éxito toda aquella diferencia que iguala o supera en este balance al valor de 0.

Ahora bien, analicemos los términos que llevan a ese resultado: por un lado tenemos a un resultado que es objetivo, es decir la evidencia de la realidad.

Por el otro tenemos a la expectativa personal acerca de ese resultado. Es decir una realidad psicológica que solo depende de la persona, no de los hecho.

No cabe duda de que entonces en lo que solemos llamar “Fracaso” tiene mucho que ver, al menos en un 50%, esa expectativa y el punto en el cual el protagonista ubica esa expectativa. Desde luego los hechos no siempre dependen de quien actúa ya que entre lo que hace y los resultados que cosecha pueden interferir muchas variables imponderables. Pero cierto es que el otro 50%, es decir el punto en el cual el protagonista ubica su expectativa, sí es plenamente controlable ya que depende exclusivamente de lo que piense esa persona.

Esto nos devuelve una conclusión importante: que dependiendo de dónde ubicamos nuestra expectativa, tendremos más o menos posibilidades de “sufrir” por un fracaso, independientemente de cómo se desarrollen finalmente los hechos: a mayor auto-exigencia y expectativa, mayores posibilidades de que los resultados no alcancen ese listón que la misma persona se auto-impone.

Por eso, lo que realmente duele a una persona cuando “fracasa” no son los hechos ocurridos, sino la diferencia entre cómo valora esos hechos, y la valoración de las expectativas que se hizo previamente.

Por esta razón, el sufrimiento es directamente proporcional a la distancia entre lo sucedido y el deseo/ expectativa de algo diferente de lo sucedido.

Por esta razón, no es tan importante lo que nos sucede, sino como nos lo tomamos: el significado que le damos.

Por esta razón, una de las mayores barreras a fluir con la vida y ser felices, no son los acontecimientos que nos ocurren, sino las expectativas de que las cosas tengan que ser de una cierta manera.

Por esta razón lo que más concurre a la insatisfacción y sufrimiento de una persona, no es lo que le pasa o lo que le hicieron, sino la manera en la que se aferre a unas expectativas concretas acerca de lo que, según ella, debería haber sucedido.

Por esta razón, cuando la dificultad de los hechos es inevitable, el sufrimiento es opcional. Porque tenemos la posibilidad de deshacernos de esa expectativa y eliminar el sufrimiento, o aferrarnos a ellas y seguir sufriendo.

Por esta razón, el camino hacia una vida más plena pasa paradójicamente por la posibilidad de abandonar toda expectativa acerca de una vida plena: y de que una vida plena tenga que corresponder a una idea pre-determinada acerca de cómo debería de ser una “vida plena”.

En definitiva, la vida se llena no tanto en la medida en la que tratamos de añadirle cosas, sino en la medida en la vaciamos de necesidades y expectativas.

¿Qué Es Lo Que Te Mueve Hacia Lo Desconocido? ¿Y Qué Es Lo Que Te Frena Ante Los Cambios?

Que te mueve hacia los desconocido y que te frena hacia los cambios

 

Curioso, muy curioso.

Las personas por un lado afrontamos lo desconocido con ilusión, pero somos a la vez capaces de frenarnos ante los cambios.

Lo que parece una incoherencia en principio, esconde mecanismos psicológicos muy marcados y claramente adaptativos.

Primero, no es que haya personas que les gusten los cambios y otras que no, sino que hay personas que gestionan de distinta manera el cambio.

En general todos tendemos a producir cambio cuando ciertas situaciones sobrepasan el umbral de aburrimiento. Pero el umbral de aburrimiento cambia de persona en persona. Por eso hay personas que buscan los cambios con más frecuencia que otras.

Pero en general, incluso a “los culos de mal asiento” pueden en ocasiones sentarles mal los cambios.

La razón es que a nadie le gusta un cambio que no haya podido elegir o cuyos términos, tiempos, modalidades y condiciones no puede controlar o decidir.

Por eso, la principal razón que nos lleva a afrontar cambios y movernos hacia lo desconocido con mayor o menor ilusión, no reside en el cambio en sí o en sus condiciones coyunturales y materiales, sino en la percepción de control que una persona pueda tener de ese cambio.

A mayor percepción de control, más ilusión. A menor percepción corresponderá menos ilusión o incluso frustración.

Pero el cambio no tiene que ver solo con el destino hacia el que una persona de dirige, sino, también con el presente que tiene que abandonar.

Cuando una situación presente no supone estimulo alguno, o incluso es motivo de frustración, el cambio, y por tanto el abandono de la condición presente, será mucho más dinámico y voluntario por parte de la persona.

El problema pero surge cuando esa misma situación, incluso en la mediocridad que pueda suponer para la persona, satisface por otro lado aquellas necesidades básicas que permiten a la persona vivir con cierta tranquilidad y comodidad.

Ahí es cuando la persona, asentada en su propia “zona de confort”, percibe por un lado la ilusión y el deseo de cambiar pero, por el otro, el miedo a tener que abandonar una situación con la que en cierta medida se conforma.

Es en esos momentos que la persona se debate entre dar el paso o quedarse quieta.

Estos bloqueos pueden superarse en unos casos identificando las creencias limitantes que impiden a la persona actuar y,  en otros casos identificando aquellas expectativas también limitantes que pueden envolver a la persona en un espejismo ilusorio que le hace ver lo que persigue como un éxito seguro y le impide contemplar otras posibilidades alternativas más eficaces.