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Las Malas Personas No Existen: Verdad, Bien, Mal, Justicia, Felicidad y Sufrimiento

El periodista  buscaba el titular y así tergiversó con su interpretación todo el mensaje de Howard Gardner.

Practicando atención plena me he dado cuenta de que todo lo que llamamos verdad es simple y llanamente un mero punto de vista. Una perspectiva personal, que no representa el puzzle completo de un hecho o realidad.

Pero aún así sigue siendo verdad en la medida en que se trata de una experiencia real. La verdad es en definitiva lo que experimentamos, no lo que creemos que está fuera de nosotros.

Porque nada puede ser y existir fuera de nuestra experiencia: si no lo experimentamos, no existe.

Y si nos lo cuentan, será entonces experiencia de otros. Será entonces la verdad de otros, pero no la nuestra.

En definitiva, la verdad es algo mucho más relativo de lo que parece. La verdad puede cambiar según quien la experimente y su punto de vista.

Del mismo modo podemos hablar del bien y del mal.

El bien nunca ganará la partida al mal. Porque el bien necesita del mal para existir. Tratar de aniquilar el mal es imposible porque la mera condición para que el bien existas, es que su contrario también exista.

Es más, tratar de aniquilar el mal se convertiría paradójicamente en practicar el mal.

Esto sucede porque lo que algunos juzgan como mal, no necesariamente lo juzguen de la misma manera aquellos que lo practican. El ladrón, por mucho que al ojo del inocente practique el mal, en su interior lo estará practicando bajo una intención positiva: la de hacer el bien para sí y para sus cercanos.

La verdad de quien ve algo malo en el otro, es la verdad de ese alguien, pero no necesariamente la de ese otro. Es una experiencia personal. Es un juicio.

En definitiva, el bien y el mal no son hechos consumados. No pertenecen siquiera a los hechos, sino a los juicios de aquellas personas que perciben y experimentan esos hechos.

En el mundo no existe el bien ni existe el mal como algo ajeno a la persona y su experiencia. Sino que el bien y el mal pertenecen a la condición misma humana. No existe el bien o mal en los hechos, sino hay bien o mal en las personas que juzgan esos hechos.

Y pasa lo mismo con la justicia. El mundo no es justo. No tiene porque serlo. El mundo simplemente es perfecto: todo sucede bajo unas normas de acción y consecuencia. Todo lo que sucede no solo es causa de consecuencias, sino que a su vez es consecuencia de unas causas que vinieron antes. Todo está entrelazado y en comunicación, en continua búsqueda de equilibro. Si algo podemos asociar al concepto de Justicia es justicia entendida como acción en respuesta a un cambio de situación que generó un desequilibrio, ante la necesidad de volver a establecer un nuevo equilibrio momentáneo. Así son las crisis por ejemplo.

Y así venimos al concepto de Felicidad. La felicidad existe porque existe el sufrimiento. No puedes quedarte con una y eliminar la otra. Porque pasa como con el bien y el mal. Una necesita de la otra para existir. Todo es un equilibrio de fuerzas. Y un mundo justo no es un mundo feliz, sino un mundo que en ese juego de acción, reacción, y re-equilibrio, encuentra un nuevo estado que equilibra el anterior y que está además a la espera de volverse a desequilibrar para re-equilibrar: en definitiva un mundo en permanente cambio. Todo cobra sentido en este sistema, tal como afirma la segunda ley de la termodinámica: todo sistema tiende a un equilibrio hasta generar un nuevo desequilibrio.

Eliminar el sufrimiento significa eliminar la felicidad. O mejor dicho, la felicidad no se encuentra como simple alternativa al sufrimiento, o como consecuencia de evitarlo. Sino que se encuentra más allá del sufrimiento, como consecuencia de abrazarlo, atravesarlo, vivirlo y superarlo. Uno puede ser feliz en el momento en que acepta el sufrimiento y como tal, aceptándolo, deja de ser un elemento de malestar para convertirse en un elemento de desarrollo. De ahí la importancia de la aceptación del sufrimiento, como estrategia de conexión con la felicidad. Abrazar el sufrimiento para obtener felicidad es aceptar lo que duele para transformarlo en oportunidad.

¿Qué es esto sino equilibrio?

Gran verdad! (pero claro… la mía).

La Felicidad Es La Ausencia de Deseos… Ahora Bien: ¿Deseas ser Feliz?

Parece que nuestra sociedad ha asumido desde hace unos años la búsqueda de la felicidad como uno de los propósitos existenciales más profundos del ser humano.

¿No será más bien una forma de permanecer sin embargo en la superficie y no afrontar el problema en la raíz?

Y la raíz es que mientras muchos buscan la felicidad, el mundo parece cada vez más sumergido en el sufrimiento: ¿Por qué, si no, tanta búsqueda de felicidad? Quizás el hecho de que vayamos buscando la felicidad sea demostración fehaciente de que estemos instalados más bien en el sufrimiento…

Children flying rainbow kite in the meadow on a blue sky background

Children flying rainbow kite in the meadow on a blue sky background

¿No será entonces la hora de mirar de frente a lo que tenemos y resolverlo en lugar de ir buscando por ahí otra cosa y distraernos de lo que verdaderamente nos aflige?
Mientras muchos hablan de cómo lograr la felicidad: ¿no será cuestión de iniciar a hablar de cómo afrontar y resolver el sufrimiento?

La búsqueda de la felicidad se ha convertido para muchos en una manera de distraerse y entretenerse de sus verdaderos problemas, de no verlos y afrontarlos de una vez: la felicidad es para muchos una forma de huir del sufrimiento sin afrontarlo y resolverlo.

Sin embargo hay una frase de mi compañero Alfonso Alcántara (@yoriento) que explica en el fondo lo que hemos de hacer en lugar de distraernos con contenidos falaces: “Deja de preguntarte cómo te sientes y ponte a organizar y resolver tu vida”.

Si bien esto nos ayude a tener menos sufrimiento, tampoco hemos de dar por hecho que tras hacerlo encontraremos esa ansiada felicidad: porque existen tres creencias sobre la felicidad, estandarizadas y generalizadas entre nosotros, que nos proporcionan más sufrimiento aún:

  1. La Felicidad es una recompensa que se puede encontrar al final de algo y, si lo hacemos bien, podemos encontrarla: ergo, hay que buscar la felicidad.
  2. Hay un camino a la felicidad: por lo tanto tiene que haber un “mapa”, una “receta” que nos diga como lograrla.
  3. La Felicidad es la consecuencia de sumar sensaciones y emociones positivas y agradables.

La creencia de entender a la felicidad como una recompensa al final de un proceso no hace más que incrementar nuestro deseo de encontrarla, lo cual incrementa la percepción y la toma de consciencia de que si la hemos de encontrar, entonces no la tenemos.
Resumido a la esencia, buscar la felicidad solo nos lleva a ser conscientes de que no somos felices. Y esto es tremendamente devastador para nuestras emociones.

En cuanto al segundo aspecto, la receta para la felicidad, también nos aboga al fracaso y malestar: no hay recetas ni prescripciones para la felicidad. Porque ser felices prescinde de resultados, prescinde de ser una consecuencia al final de un camino: porque la felicidad no se encuentra al final de un proceso, sino que surge como actitud desde el interior nuestro y desde la disposición positiva en hacer lo que nos proponemos con naturalidad, aceptación (que no es resignación) y compasión (que no es piedad), sin juicios previos o creencias pre-establecidas al respecto. La felicidad no es un premio que alguien nos otorgue por haber hecho bien las cosas… No proviene de fuera de nosotros. Sino que es una actitud que nosotros podemos mostrar como origen de nuestros actos y de nuestra manera de ver y afrontar el mundo. Depender de factores ajenos o terceras personas para hacernos felices, no hace más que incrementar nuestra sensación de no tener el control de nuestras vidas. Nuestro mundo emocional no será independiente y autónomo para elegir desde el libre albedrío como quiere que esté ordenada su vida: y entonces nuestra vida nunca lograría estar ordenada acorde a lo que nosotros realmente queremos.

Aún así, es cierto que necesitamos emociones para sentirnos vivos: pero hasta la más bonita y positiva se puede convertir en tóxica si no sabemos como gestionarla.

Pensar que la felicidad consiste en la acumulación de sensaciones y emociones positivas, nos lleva juzgar y clasificar si lo que vivimos es bueno o malo para nosotros, en lugar de aceptarlo como algo especial, grandioso, o una oportunidad única para la experiencia y existencia en este planeta. Y acto seguido, ese juicio nos lleva a rechazar las experiencias negativas a favor de las positivas. Lo cual nos lleva a rechazar lo que juzgamos como sufrimiento y perseguir lo que creemos nos proporciona simple y llanamente alegría.

Así es como acabamos por no querer ver y afrontar lo que juzgamos como negativo y, habiéndolo convertido en basura mental, no haremos nada para resolverlo de una vez, corriendo el riesgo de que ese problema, junto con la basura mental que lo acompaña, vuelvan a reiterarse y presentarse en nuestra vida con mayor o menor frecuencia, haciendo que choquemos contra ellos y nos tropecemos nuevamente. La vida nos propondrá nuestros conflictos y problemas no resueltos una y otra vez hasta que los afrontemos de una vez, hasta el final de nuestros días sin que posiblemente nos demos cuenta de estar rodeados de su mal olor por llevarlos puesta una carga en nuestra mochila existencial.

Pensar que la felicidad es el resultado de la acumulación de sensaciones y emociones positiva, nos instalará además en el sufrimiento de la compulsión adictiva por lo bueno: porque no somos conscientes de que las sensaciones y emociones agradables son extremadamente efímeras, lo cual hará que terminado el efecto de una, tratemos de buscar inmediatamente otra en una automatismo adictivo que solo nos hará sentir peor mientras no la encontremos.

Además de adicción, las sensaciones y emociones positivas generan tolerancia: es decir que con el tiempo una persona se acostumbra a ellas y deja de sentirlas tan intensas y especiales, llegando a normalizarlas: lo cual nos lleva a buscar sensaciones cada vez más intensas para salir de esa normalidad que acabamos por confundir nuevamente con la ausencia de felicidad.

La acumulación de sensaciones y emociones negativas solo alimenta el espíritu capitalista de nuestro ego que querrá más y más, y que en este afán se sentirá cada vez peor: no es de extrañar que este hábito, extendido a varios aspectos de la vida, hace que las sociedades capitalistas sean aquellas más “acomodadas en el sufrimiento” y a la vez más refractarias a todo indicio de felicidad, ya que en el afán de buscar más y más, pierden la perspectiva que les permita valorar como especial lo que están acostumbradas a tener como algo simplemente normal y obvio.

En definitiva, psicológicamente hablando, si solo eliminásemos de nosotros el deseo de ser felices, posiblemente logremos serlo. El problema surge cuando establezcamos como estrategia de eliminación, la satisfacción de esos deseos, puesto que nada más satisfacerlos, entonces surgirán otras necesidades, otros deseos que volverán a alimentar la espiral del “capitalismo emocional”.

Situarse en la ausencia del deseo no es fácil ya que corremos el riesgo de no sentirnos vivos y confundir ese estado con una apatía crónica.

Pero aquí viene la pregunta: ¿Se puede vivir sin deseos?
Evidentemente NO. Al igual que es inevitable juzgar las experiencias como buenas o malas, del mismo modo es inevitable vivir sin deseos: el primero de todos, el deseo de vivir, mantenerse y perpetuarse.

¿Entonces, si es imposible no tener deseos, estando al título de este post, es imposibles ser felices?

La cuestión no está tanto en la ausencia de deseos, sino en la ausencia de apego e identificación con esos deseos. Podemos tener deseos, del mismo modo en el que nos podemos dar cuenta de ello, relativizarlo y no aferrarnos a él como si fuera necesario para alcanzar la felicidad. Siempre que nos demos cuenta de que estamos experimentando un deseo y que aferrarnos a él nos provoca malestar, al igual que hacemos con los juicios, podemos volver al estado de ecuanimidad y des-identificarnos de ese deseo para no acabar atrapados en él.

Por ausencia de deseo entendemos entonces tener un “ego de bajo consumo”, centrado en el equilibrio y ecuanimidad como valores principales; en la no dualidad del juicio sobre lo “bueno” y lo “malo” de lo que vivimos; y en el propósito, en su lugar, de encontrar la utilidad existencial a todo lo que nos ocurra.

Lejos de dar recetas y de decirte que hacer para ser feliz, o como tienes que ser feliz, mi propuesta es de convertir el concepto de felicidad en un estado de ausencia de apego a los deseos.

Si a partir de esa ausencia, sigues deseando ser feliz, eso ya será indicador de que el sufrimiento volverá a apoderarse de tu vida, y que posiblemente te estás mintiendo a ti mismo/a nuevamente.

¿La Tristeza? Necesaria

Cuando La Felicidad se Convierte en Obligación: Sobre los Engaños del Pensamiento Positivo.

Existe mucho desconocimiento en el ciudadano de a pié e incluso entre algunos profesionales de la psicología acerca de lo que es la “psicología positiva”, confundiéndola en ocasiones con ese movimiento tan poco profesional y respetuoso con los procesos de una persona que trata de inculcar con el “calzador” el pensamiento positivo si o si, a modo de obligación para ser feliz. Y la verdad es que nunca conocí a nadie que encontrara la felicidad desde la obligación o auto-obligación.

Hacer psicología positiva no tiene que ver con “negar uno sus propias condiciones desfavorables”, ni tampoco apartar la mirada de ellas, ni menos quitarles importancia tratando de “reprogramarse en positivo”, sino apelar uno a sus fortalezas y sus partes sanas para afrontar esas mismas dificultades y poner remedio a sus problemas.

Embaucador
En estos tiempos van de moda conceptos como la “Felicidad” y han surgido casi infinitas variables y versiones paralelas de “profesionales” (coaches, speakers, terapeutas no sanitarios, etc.), que supuestamente acompañan a las personas en procesos de ayuda hacia ese estado de felicidad que se convierte más bien en una quimera que otra cosa. Desde esos enfoques, (que poco tienen que ver con una intervención ética, responsable y profesional de un psicólogo) en ocasiones se tergiversa esa ayuda mediante técnicas evasivas que más que otra cosa pueden llevar al cliente a apartar la mirada de lo que le duele, del problema en sí, para distraerse y entretenerse con contenidos divertidos, que ilusionan y despiertan el buen humor que reconecta fugazmente como un fuego de paja a la persona con esa fuente de “Felicidad”, aliviando momentáneamente las ansiedades y preocupaciones, a la vez que la ubican muy lejos de la posibilidad de afrontar y resolver sus conflictos.

Así surgen los consumidores compulsivos de auto-ayuda y de charlas motivacionales: en ese intento de aliviar la ansiedad que les producen sus problemas, se cargan de energía “positiva” hasta que la pierden y necesitan nuevamente volver a esas charlas o comprar nuevos libros o ver compulsivamente videos “empoderadores” en youtube. Muchos, en la paradoja de motivarse y motivarse acudiendo a uno y otro evento, leyendo frases motivacionales y haciéndose seguidores en las Redes Sociales de quienes las publican, acaban utilizando la gran mayoría de su tiempo motivándose para algo de lo que no les quedará el tiempo de hacer, afrontar, o resolver.

Es lo que yo llamo “la Paradoja de la Motivación que provoca Pereza”.

Caer en este bucle es tan fácil como reconocer que en los últimos dos o tres meses una persona haya acudido a tantos eventos motivacionales, risoterapia, haya visto horas y horas de youtube, o haya comprado y leído libros de autoayuda sin pero todavía haber puesto solución a lo que le atormenta o, al menos, haberlo intentado: si la relación entre horas empleadas en motivarse y horas de acción para afrontar un problema es a favor de lo primero, entonces el problema es patente y no conviene seguir estando en ese bucle ya que se ha convertido en sí en una “zona de confort”.

En estos casos no hay mayor autoayuda que reconocer uno su tristeza o su malestar. Por mucho que tratemos de eliminar la tristeza, esta componente es tan necesaria como la noche para que exista el día: en un símil metafórico, si la sombra existe porque existe la luz, la tristeza existe porque existe la alegría. No se puede negar una cosa sin eliminar la otra.

Por este motivo aquel que busca la felicidad negando la tristeza, acabará en la paradoja de negar su propia felicidad también.

La tristeza en un proceso cognitivo. Es necesario. En los momentos de tristeza la actividad fisiológica ralentiza, la acción se reduce para dejar el paso a la reflexión. Y todo en aras del cambio. Cambio necesario cognitivamente para asumir y encajar lo que nos sucede: encontrarle un significado como para adecuar nuestros paradigmas a ello. Superar la “disonancia cognitiva” que separa nuestras creencias y valores, con los hechos ocurridos con los que colisionan esas creencias y valores. Gracias a la tristeza podemos parar, reflexionar, asumir, aceptar (que no es lo mismo que resignarse) y re-emprender el camino resiliente de la mejora y el bienestar.

Sin esa reflexión no pude haber “curación”. Si entendemos por tanto la aceptación de la tristeza como una “locura” en esta sociedad que tanto se afana en la “búsqueda de la felicidad”, también podemos ser consecuentes con esa frase que dice que “la locura lo cura”.

La tristeza es en sí mismo un proceso de curación. Negando la curación, negaremos la solución.

La tristeza es un proceso de cambio cognitivo necesario, y no solamente una emoción que con demasiado simplismo y superficialidad juzgamos de “negativa” y “dañina”, hasta el punto en que algunas disciplinas tan poco respetuosas con el ser humano y con la psicología simplemente la quieren rechazar.

Hacer psicología positiva tiene que ver también con esta aceptación. De otra forma caeremos en ese engaño del “pensamiento positivo” que tantos speakers motivacionales de moda (no es de extrañar que la gran mayoría no son siquiera psicólogos) se afanan en “vender” como producto de rápido consumo y que tratan de inculcar últimamente. Esto va en contra de la psicología del ser humano y, por supuesto, de la naturaleza humana en sí.

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La Zona de Confort Es Necesaria: Desmontando Algunas Mentiras Del Coaching

Nadie me puede Motivar, Me Gusta La Zona de Confort, Los Miedos me Protegen, No tengo Creencias Limitantes, y Soy Feliz.

PayasoMuchos conceptos en el ejercicio del Coaching han evolucionado en los últimos años y, los que en principio parecían grandes avances, han demostrado pronto sus limitaciones. Esto nos está llevando a rediseñar un nuevo código del Coaching más ecuánime que ha dejado atrás el brillo superficial de aquellos speakers aparentemente motivadores cuyo discurso carecía de fundamento y no estaba sustentado en un conocimiento de los mecanismos psicológicos y emocionales del ser humano. A continuación detallamos algunos de esos conceptos desmitificados:

1. Se acabó la era de los “Gasolineros”: nadie motiva a nadie. Nadie chuta energía a nadie como si fuera gasolina que le haga funcionar: porque igual la gasolina que me chutan es diesel y yo necesito combustible hibrido porque soy “más limpio” pero corro menos, o porque me tratan de chutar gasolina de fórmula uno o de competición para que mi coche corra más, mientras mi coche necesita Euro 95. Ha quedado atrás el concepto de Leader motivador. Como mucho se puede ser Leader inspirador, pero la evidencia ha demostrado que nadie puede motivar a aquellos que no desean estar motivados o motivarse. Así como se expresa el libro Camino al Cambio (Bubok 2013), la motivación es una decisión personal e intransferible: en la empresa se convierte en una responsabilidad personal que funciona de bisagra entre empresa y empleado; si no estás motivado y no consigues motivarte, es tu responsabilidad y lo que deriva de ello es tan importante como definir si el trabajar desmotivado y no rendir adecuadamente, puede representar en sí mismo un fraude hacia la empresa.

2. La zona de confort es fundamental para el disfrute y la felicidad: la tan denigrada zona de confort no es algo malo en sí. Desde luego lo es si nos encontramos en una situación de malestar de la que deseamos aparentemente salir y no hacemos nada para ello, anclándonos a nuestro malestar. Será entonces que de alguna manera disfrutamos de ese malestar si no queremos abandonarlo. Cuando más disfrutamos de las cosas es cuando podemos parar y contemplarlas, es decir cuando nos sintamos realmente cómodos en ellas. La zona de confort puede confundirse con la rutina. Pero la rutina es importante para recrearse y afianzarse en un hábito hasta integrarlo y automatizarlo: y cuando un proceso se automatiza, se llega a fluir en ello. Y la fluidez es un concepto muy cercano a la felicidad. Otra cosa es que nos aferremos a ese hábito y a esa comodidad a toda costa como para resistirnos a los cambios inevitables de un mundo que evoluciona y que nos pide que evolucionemos en consonancia: en este caso nos quedaremos obsoletos si nos acomodamos.

3. Los miedos no son negativos, sino que nos ayudan a protegernos y a proteger lo que deseamos seguir disfrutando: el miedo, que es la base de la zona de confort, es una emoción adaptativa que nos preserva ante los peligros. No ayuda a proteger lo que hemos logrado para seguir disfrutándolo. Otra cosa es que nos apeguemos a ello como para que su falta nos cuse malestar. El miedo tiene por tanto una utilidad ya que nos ayuda a reflexionar sobre como mantener nuestro bienestar, siempre que sea en dosis comedidas y no nos lleve a la parálisis. Gracias al miedo podemos ser más prudentes cuando las situaciones lo requieren.

4. No existen las creencias limitantes en absoluto: las creencias no es que sean limitantes o potenciadoras en absoluto: las creencias surgen como efecto de procesos psicológicos orientados a ayudarnos a construir un significado de las experiencias que tengamos en la vida. Creamos creencias para dar significado a lo que vivimos. Toda creencia surgió en algún momento para ayudarnos a comprender y clasificar una situación de alguna manera para que pudiéramos convivir con ella o superarla. Es por tanto una creencia positiva, al menos en su intención inicial: otra cosa es que los tiempos cambien y que para adaptarnos a nuevas situaciones, esa creencia inicie a causarnos ciertas dificultades. La cuestión no estará entonces en destruirla o eliminarla o tratarla como una enemiga, sino en transformarla para que nos ayude a integrar los nuevos aprendizajes provenientes de esas nuevas experiencias.

5. Lo que más nos impulsa puede ser nuestra mayor limitación: ojo con eso de dejarse llevar por los valores positivos que a uno más le impulsan. Imaginemos que una persona desee ser speaker o conferenciante y que tiene como valor que le impulsa el reconocimiento. Buscando ese reconocimiento es posible que se auto-imponga un alto nivel de exigencia a la hora de hablar en público como para agradar al mayor número posible de personas. Pero imaginemos que el nivel de exigencia es tan elevado que la persona acabe sintiéndose invadida por la ansiedad y el nerviosismo. ¿Disfrutará esa persona de lo que más le impulsa? ¿Le ayudará esto a esa persona para lograr lo que desea y hacerlo adecuadamente?

6. La felicidad no está al final de un proceso, como consecuencia de obtener uno lo que desea, sino al principio: la felicidad es una decisión personal. Es un principio. Es una actitud que una persona decide tener en la vida. No por tener más dinero, más fama, más amor, más salud seremos necesariamente más felices. Sino que si somos felices con lo que tenemos, no tendremos necesidad de más dinero, más fama, más amor y más salud. Lo que se plantea uno desde la privación, no puede conducirle a algo bueno y beneficioso puesto que desde el subconsciente le reafirma constantemente que no tiene o no posee el objeto de su deseo, y que mientras no lo tenga no estará apaciguado su ánimo.

Lo Que Siento Depende De A Lo Que Presto Atención

Practicar la Consciencia Plena o Atención Plena (Mindfulness) permite hallar una serie de conclusiones acerca de cómo usamos nuestra mente y de los hábitos dañinos y poco saludables que solemos adquirir.

Y lo cierto es que la calidad de la vida de una persona depende en definitiva de la calidad de sus pensamientos.

Caras 5La mente es como un gran contenedor donde vertemos gran cantidad de información. Esa información la analizamos consciente o subconscientemente, la juzgamos y, finalmente, la clasificamos archivándola en nuestro “disco duro” en formato de creencias, es decir conclusiones de análisis, razonamientos, o soluciones más prácticas que nos sirven para facilitar nuestro funcionamiento a diario, simplificando nuestra toma de decisiones.

Esas creencias funcionan de criterios que nos permiten rápidamente valorar y sacar nuevas conclusiones de las nuevas experiencias que vivimos todos los días sin tener que volver a analizar toda la información nuevamente. Son economizadores cognitivos que funcionan de idiosincrasias, es decir mecanismos automatizados de funcionamiento que nos permiten tomar decisiones acordes a nuestra experiencia previa.

Esas creencias pueden convertirse en ocasiones, dependiendo de la mayor o menor rigidez que asuman, en verdaderos dogmas y prejuicios que en ocasiones nos llevan a sacar conclusiones excesivamente rápidas e intuitivas, adelantando incluso la vivencia y la experiencia: en base a ellas es posible imaginar el resultado de una decisión o comportamiento sin tener porque ponerlo en práctica y vivirlo directamente.

Pero como todo, este mecanismo puede volverse en nuestra contra dependiendo de la calidad de los pensamientos y creencias que llegamos a forjar y almacenar en nuestras mentes.

Está comprobado que en la medida en la que pongamos “basura” en ese gran contenedor que es la mente, esa misma se llenará de basura y producirá creencias fundamentadas en la basura.

IMG-20141103-00743A fin de cuentas, las personas felices son aquellas que son capaces de llenar su mente de pensamientos ilusionantes, incentivadores y motivadores, así como recuerdos de las partes positivas de sus experiencias: se trata de conclusiones positivas acerca de lo que viven, que les llevarán a actuar y seguir funcionando en la línea que eligieron.

Las personas tristes o con malestar sin embargo, son aquellas que llenan sus mentes con pensamientos preocupantes, fundamentados en el miedo, la evitación, el malestar y las partes negativas de sus experiencias.

Esto nos devuelve a lo útil que puede ser el mindfulness para darnos cuenta de qué tipo de pensamientos y juicios estamos dejando caer en el contenedor de nuestra mente y ser más conscientes de la gran influencia que tienen los mecanismos y procesos de atención en lo que luego se convierte en nuestra disposición, nuestro estado de ánimo y, en definitiva, nuestro bienestar o malestar emocional.

En la medida en que prestemos atención a los aspectos negativos de nuestras vivencias, almacenaremos recuerdos negativos que nos conectarán con estados de ánimo negativos.

En la medida en que hagamos lo contrario, sucederá lo contrario.

La cuestión entonces reside, cuando nos demos cuenta de que estamos experimentando un estado de ánimo negativo, en tomar consciencia de que si nos sentimos mal, será porque estaremos prestando atención a la parte negativa de nuestras vivencias. Pero la parte negativa de nuestras experiencias no es necesariamente toda la vivencia, sino el resultado de un punto de vista, de un análisis sumario que hagamos de esa realidad, desde la perspectiva y actitud de base que usamos para analizarla y sacr conclusiones.

Para superar ese bucle es bueno preguntarse entonces: ¿Si estoy prestando atención a los aspectos negativos, a que otros aspectos diferentes no estoy prestando atención?

En la respuesta a esa pregunta reside la posibilidad de un cambio sustancial de estado de ánimo.

10 Comportamientos Que Te Hacen Feliz

Los lectores de este blog ya saben que la filosofía que se propone es que no hay camino a la felicidad, ni tampoco la felicidad es el camino, sino que la felicidad es el principio, una actitud que nace desde dentro, una intención que impregna todo pensamiento emoción y acción de una persona y que independientemente de los resultados que obtenga, le ayudará a vivir en armonía y equilibrio consigo misma y con su alrededor.

Arco IrisPero, ¿Cuáles son los 10 comportamientos que, practicados día tras día, nos entrenan en esa disposición llamada “Felicidad”?

  1.  Tener Visión de Futuro clara todos los días: un propósito vital por el que vale la pena hacer las cosas.
  2. Realizar todos los días acciones concretas hacia objetivos concretos e inmediatos alineados con esa visión de largo plazo.
  3. Identificar los juicios negativos y darles la vuelta. Entender que el éxito y el fracaso son lo mismo: juicios acerca de resultados, y como tales no son lo que sucede, sino como nosotros podríamos estar viéndolo, por lo que ese punto de vista no estará completo y cuanto menos distorsionado.
  4. Configurar el problema diario más importante como oportunidad de crecimiento, y disponerse a afrontarlo: todo problema representa una oportunidad para mejorar nuestro grado de experiencia y habilidades. Todo tiene una utilidad, otra cosa es que no seamos capaces de verla.
  5. Evaluar las experiencias diarias en una escala positiva por su aportación al crecimiento personal en lugar de juzgarlas negativamente. Es demasiado fácil mirar la parte de inconvenientes, pero esos inconvenientes son el precio que tenemos que estar dispuestos a pagar si de verdad queremos algo. Y si no estamos dispuestos a pagarlo, es que lo deseamos, pero no lo queremos.
  6. Buscar una crítica ajena al día y valorarla como oportunidades de mejora.
  7. Encontrar las oportunidades personales en los beneficios y logros ajenos. Si entendemos que todo beneficio de los demás puede aportarnos un reflejo positivo, dejaremos la envidia de lado y además estaremos dispuestos a ayudarles: esto genera conexiones y sinergias muy útiles.
  8. Ofrecer facilidades incondicionalmente a los demás para el logro de sus objetivos, al menos una vez al día. Sin esperar nada a cambio: disfrutar de que los demás disfruten, lejos de pensar si es a cuesta nuestra.
  9. Tomar una decisión cada día siendo conscientes de estar pagando un precio: estar dispuestos a deshacerse de lo superfluo, aunque parezca importante.
  10. Tener un gesto de cariño y cuidado de los cercanos todos los días: tener claro que ante los reveses de la vida, los que nos darán la última palmadita o el abrazo más sincero, serán personas que se cuentan en los dedos de una mano.

El Problema No Está En Que Algo No Nos Guste, Sino En Que No Nos Guste Ese Algo

NosferatuEn más de una ocasión nos solemos castigar a nosotros mismos por lo que pensamos. Nos preguntamos: porque estoy pensando esto? Porque no puedo parar de pensar en esto? Y en otras tantas ocasiones acabamos tratando de luchar contra ciertos pensamientos para eliminarlos o borrarlos de nuestra mente.

¿Hemos probado alguna vez a tratar de borrar algo escrito con fuerza en un folio? ¿Qué es lo que suele pasar? Que bien queda el halo y nos tendremos que conformar con ello, o bien nuestro intento de que “no quede rastro” hará que ese mismo folio se desgaste… Y eso e lo que pasa con nuestra mente al tratar de “eliminar ciertos pensamientos”.

Este proceso psicológico no funciona como con los archivos de los ordenadores. Siempre las cosas dejan rastros, recuerdos y aprendizajes. Aquí me surge el recuerdo de una frase que una alumna mía (Inés Paula) me envió una vez en un mail: “Nada refuerza tanto el recuerdo de algo como el mero deseo de olvidarlo”. Es como el eterno cuento del “no pienses en un elefante”….. acabas que no puedes evitar en pensar en él.

¿Entonces que hacer contra esos pensamientos que parece que no controlamos y que deseamos eliminar? Muy sencillo. La cuestión no está en que hacer “en contra” de ellos, sino que hacer “con ellos”.

Solo podremos reconciliarnos con la dualidad de lo “bueno” y lo “malo”, trascendiendo esa misma dualidad y pensando desde una perspectiva integradora de que lo bueno y lo malo son dos partes de la misma entidad, y lo único que está separado de ellas es nuestra perspectiva que las desune, las separa selectivamente, y que se queda con una sola parte de esa realidad que sin embargo es más completa.

Aquí es donde caen por su limitación muchas de las perspectivas de intervención psicológica (clásicas y alternativas) que tratan de “cambiar”, “eliminar” ciertas pautas de pensamiento, “borrar” ciertos “archivos” de la mente, “hacer olvidar”, “extinguir” o “reprogramar” a la persona.

La cuestión no reside en como eliminar ciertos pensamientos o como no pensar en ciertas cosas (deseo en el que la gran mayoría de personas y profesionales suele caer ante esos casos), sino en reducir el tiempo de atención que se les presta a esos pensamientos.

Los pensamientos van y vienen. Quizás nosotros pensemos que tengamos el pleno control de ellos, pero la evidencia nos dice que no es así. El subconsciente nos suele proponer constantemente ideas, imágenes, situaciones, posibles o imposibles, reales o surreales, sin que nosotros aparentemente sepamos o tengamos porque analizar el motivo de ello.

Sin embargo solemos caer en el error de retener aquello que “no nos gusta” analizando (indignados con nosotros mismos) el motivo por el cual solemos pensarlo, auto-culpándonos del haberlo pensado o si acaso imaginado, o quejándonos de no ser capaces de “controlar nuestra mente” que, como un caballo desbocado, no conseguimos “domar”.

Como si el saber el motivo por el que eso nos pasa, nos aliviará automáticamente el malestar y nos resolverá el problema de “estar pensando cosas que no queremos pensar”. O como si el reprocharnos por lo malos que somos en pensar ciertas cosas, aliviase de alguna manera nuestra tendencia en pensar aquello.

Pero el problema no reside necesariamente en tratar de dominar la mente o “controlar” racional y presentemente todo lo que pensamos (acabaríamos mentalmente desgastados en muy pocos minutos), sino en dejarlo fluir y pasar, sin aferrarnos a ello.

El problema de hecho no es lo que pensamos, sino la importancia que le damos a eso que pensamos.

Solo con reducir el tiempo de atención que le prestamos a ciertos pensamientos, hará que nuestro bienestar mejore, sin tener porque emprender una guerra encarnizada contra esos pensamientos. Esto pondrá a esos pensamientos dentro de esa perspectiva integradora de aceptación y, poco a poco, todo nos parecerá tan normal, fluido y liviano. Y con la perspectiva del tiempo nos daremos cuenta que lo que más daño nos hacía no era lo que pensábamos, sino nuestra actitud de intolerancia con una parte de nosotros mismos constituida por esos pensamientos que antes rechazábamos.

Como dice Wayne Dyer en el libro “Tus Zonas Erróneas”,” así como piensas, así serás”. Somos lo que pensamos, todo lo que pensamos, sin rechazo ni separación de cualquiera de nuestros pensamientos. Nos gusten o no nos gusten. Y el problema no está en los pensamientos que no nos gustan, sino en que no nos gustan ciertos pensamientos.

El problema entonces no reside en lo que pensamos, sino en nuestra actitud de “separación” de una parte de nosotros constituida en ciertos pensamientos. De una parte de nosotros que piensa ciertos pensamientos. Pero que no deja de ser parte de nosotros y, como tal, en el momento en que nos separamos de ella, no la aceptamos, generamos un conflicto con nosotros mismos que nos dolerá. Pero lo que nos dolerá no será la parte que no aceptemos y que pensamos que es “mala”, sino el conflicto en sí.

Lo que habrá producido el conflicto no será la parte rechazada, sino la actitud de rechazo de la otra.

Que Israelíes y Palestinos saquen sus conclusiones…